En el colegio supimos también de otros dos emilios: el Zola y el Mola que, tocayos de nombre y de apellido casi homónimo, ni en su vida ni en su obra habían podido ser menos parecidos. El primero debía andar por los infiernos, porque, según decían los textos, la Iglesia puso su obra en el Índice, que era algo así como una lista negra o catálogo de libros prohibidos, vademécum –o vade retro- guía, manual o mandamiento a seguir por el rebaño de fieles para estar prevenidos de peligrosos descarríos. ... (ver texto completo)