Iba recordando, de tanto habérselo oído contar, que también él tuvo que salir a buscarse la vida- el coscurro, decía- fuera del pueblo, Durueña, un lugar de la sierra hoy despoblado como tantos otros de la Vieja Castilla. Bien joven bajó por primera vez a tierras jiennenses para trabajar de cagarrache en los molinos aceiteros en época de recolección de la aceituna. Como era despabilado, se defendía bien con las cuentas y sabía leer y escribir con soltura, no tardó en mejorar su situación en la fábrica
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Sin embargo, casi sin darme cuenta, los años fueron pasando muy rápidos y, con ellos, desvaneciéndose, poco a poco, las esperanzas del retorno. Lo que en un principio parecía una situación pasajera, el éxodo, con el tiempo se iría haciendo definitiva. Había formado una
familia que pertenecía a otra época y a otro lugar. La tierra que me acogió era su tierra, su cuna, siendo yo, en cierto modo, forastero en su propia patria chica. Éste y no otro era el
paisaje materno a través del que iban conociendo
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