Los domingos parecían prometer mucho, pero solían quedarse en poca cosa, casi siempre. Las mañanas del domingo, los más afortunados podían participar en Piruetas, el programa infantil que se emitía en directo desde la emisora de radio que ocupaba un ala del piso alto del palacio de los Condes de Gómara. Un hada y un mago entretenían a los niños. Los elegidos participaban en un concurso que ganaba quien se comiera antes un merengue y consiguiera decir “Pamplona”, sin espurrear a los presentes.
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Fueron pasando los inviernos y aunque, una vez llegados a la pubertad, se nos abrían nuevos horizontes, el vacío, el aburrimiento y la tristeza de los domingos continuaban siendo los mismos, sin que pudiese remediarlo la evasión del cine que se nos ampliaba ahora a las otras salas de la ciudad, adonde ya acudíamos solos, sin la compañía de los padres o los hermanos mayores. Previamente, por las mañanas habíamos recorrido el Collado para ver las carteleras: unas pizarras colgadas en las columnas de ... (ver texto completo)