Fueron pasando los inviernos y aunque, una vez llegados a la pubertad, se nos abrían nuevos horizontes, el vacío, el aburrimiento y la tristeza de los domingos continuaban siendo los mismos, sin que pudiese remediarlo la evasión del cine que se nos ampliaba ahora a las otras salas de la ciudad, adonde ya acudíamos solos, sin la compañía de los padres o los hermanos mayores. Previamente, por las mañanas habíamos recorrido el Collado para ver las carteleras: unas pizarras colgadas en las columnas de
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En Avenida nos impresionaba a más de uno; todavía hoy somos muchos los que, años después, lo recordamos y lamentamos su demolición. Era un
edificio espacioso, magnífico, sin
columnas, con un amplio aforo, con empaque y cierto aire de
cine de gran ciudad. Pero tanto o más que su amplia sala, el vestíbulo o los caprichos de su decoración, resaltan grabadas en la memoria dos cosas: el penetrante olor, inconfundible, del ambientador, tal vez desinfectante, y la seriedad de los porteros. Aquel penetrante
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