Ahora que han pasado tantos años, y desde la tierras lejanas del exilio, recuerdo algunos de aquellos nombres que permanecen grabados en la memoria. Son nombres de personas, de lugares, de rincones de mi ciudad o de tiendas que, o han desaparecido, o ya no son lo que fueron. Pienso que recordar aquello y a aquellos que contribuyeron a hacernos como somos es una forma de gratitud y quizá de justicia. Cualquier tiempo y cualquier medio son buenos para rescatar del olvido a quienes nos entregaron la ... (ver texto completo)
Ya no puedo recordar el rostro de Benitillo, un pedigüeño mochales a quien más de un guasón picaba ofreciéndole un duro a cambio de que lanzase vivas a Franco. Terminar la oferta y arrancarse el buen hombre con una sarta de imprecaciones contra el dictador, era todo uno, para regocijo del bromista y del corrillo de curiosos atraídos por el ruido de las voces. También se han borrado de mi memoria las facciones de la Manquilla, apodo por el que se la conocía por culpa de sus deformados brazos convertidos en muñones. Solía acercarse a la Claustrilla para pedir limosna a los viajeros que montaban en la Central, el autobús que bajaba a la estación de Cañuelo. Quizá nadie recuerde su nombre de pila ni el mes y año que nos abandonó. También nos dejo el señor Demetrio, el conductor de aquel cacharro, un viejo Chevrolet, creo, al que no sé por qué le llamábamos la Central, atestado siempre de maletas y viajeros cuando el ferrocarril todavía era una realidad viva y pujante en nuestra provincia. No volví a saber de Daniel, el cobrador, ni de aquel señor, Velilla creo que le decían, que vendía periódicos y revistas en la librería del vestíbulo de la estación y que, al terminar la jornada, regresaba a la ciudad en su vieja bicicleta. ... (ver texto completo)