Era la de llevar el porcino andando desde el lugar donde se había criado estabulado. Ya podemos figurarnos que un animal que está un año sin andar, es imposible que el día que se lleva a sacrificar ande un par de kilómetros. Misión imposible: ni enseñándole comida, ni empujando, ni acariciándolo superaba los cien metros por hora.
Un abrazo.
Un abrazo.
El resultado era que los dueños acababan mal de los nervios y el animal sofocado con lo cual ya no era bueno para dar la sangre y la carne quedaba morada, incluidos jamones y paletillas. Ante esta contrariedad se trató de llevarlos el día de antes de su sacrificio, con toda la paciencia del mundo; pero se perdía el día igualmente. Lo que se ve claro, es que faltaba el medio de transporte adecuado a las circunstancias. Primero se carecía de vehículo y en segundo lugar también faltaba el camino apropiado. ... (ver texto completo)