Tenía que llover, no podía ser de otra forma. Tenía que llover, pero en este día de Navidad la lluvia tenía otro color y otro sabor. El color oscuro de la tristeza y el sabor amargo de las lágrimas que se le escapaban al sol y que las perfumaban las nubes hasta resbalar sobre nuestras mejillas, o sobre nuestra alma que a veces son más sinceras. Un sol, por cierto, que se había escondido entre las cortinas de la niebla para que nadie lo viera llorar, para que nadie nos diéramos cuenta que no brillaba ... (ver texto completo)