En Salamanca no paraba en casa. Le gustaba salir, recorrer las rúas, hablar con la gente, enterarse de todo lo que en la calle se cocía, entablar conversación con conocidos o cualquiera que fuera sociable. Madrugaba lo justo, pero inmediatamente, después de afeitarse con la maquinilla eléctrica, asearse y desayunar, salía a la calle y se iba al Mercado Central, previo paso por la plaza que denominaba de la “verdura” –por venderse en ella productos del campo del alfoz de la capital charra- junto a ... (ver texto completo)