De la profunda crisis que la que llevamos envueltos varios años y, a la que por mucho que prediquen unos y otros, no se le ve una salida próxima, podemos extraer muchas consecuencias que, sin duda, nos llevarían inevitablemente a recordar las muchas indecencias de las que se hacen eco los medios de comunicación. De éstas, la más evidente: la corrupción y el pillaje. Sin duda, las más mediáticas.
Pero hay otra crisis, si cabe más profunda todavía, por sus secuelas económicas y sociales, esa es la
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Los llamamientos gubernamentales a que los ciudadanos se aprieten el cinturón ante la crisis, contrastan vivamente con la actitud de quienes hacen esos requerimientos. Es decir, la conducta de quienes detentado el poder del Estado quedan exceptuados de los requerimientos de austeridad; incluso incumplen reiteradamente los consejos ético de los “códigos de conducta” que ellos mismos elaboran como prueba de una “honestidad y trasparencia” que deja mucho que desear. Todo ello sin tener en cuenta otros consejos que diariamente se nos lanzan desde los poderes económicos para flexibilizar el empleo, reducir los salarios, recortar las prestaciones de desempleo, las sociales, el copago sanitario o la elevación de tasas universitarias, solo por citar alguno, entre tanto ellos se reparten sueldos astronómicos, productividades y otras dádivas por explotar al prójimo, y se fijan fondos de pensiones que no gastarían aunque vivieran tres vidas.
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