Son las siete de la mañana, y los cabreantes-perdón-, excitantes, atosigantes e incontrolables duendes del insomnio, se han apoderado y adueñado, tras una larga y desigual batalla, con claro vencedor, de mi merecido descanso. Ante la evidente, rotunda e injusta derrota, decido no volver a retarlos ni a desafiarlos y resignado, abandono humillado y abatido, con mi diezmado y ajado cuerpo luchador, abandono, huidizo el, emprendo, tomando el
camino de Paradinas un
paseo mañanero. Apenas andados unos
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