VILLAOLIVA: -Esta es la que más me gusta-dijo- porque son las más...

-Esta es la que más me gusta-dijo- porque son las más difíciles de hacer.
Una vez que se fueron las visitas, Sadako sintió nuevamente la soledad de la habitación del hospital y empezó a doblar más hojas de papel para levantar su ánimo:
Once... haz que me ponga bien.
Doce... haz que me ponga bien.

Kenji

Todo el mundo guardaba papel para las grullas de Sadako. Chizuko le trajo papel de colores de su clase de bambú. El padre recogía todos los papeles que podía en la barbería. Incluso Yasunaga, la enfermera, le daba las envolturas de los paquetes de medicamentos. Y Masahiro, tal como había prometido, colgaba del techo todas las aves. A veces ensartaba varias en un mismo hilo, pero las más grandes las colgaba solas.
Durante los meses que siguieron, hubo días en los que Sadako se sentía como si no estuviese enferma. Sin embargo el doctor Numata decía que era mejor que permaneciera en el hospital. Ya para entonces, Sadako sabía con certeza que tenia leucemia, pero también sabía que algunos pacientes se recuperaban de esa horrible enfermedad. Nunca llegó a perder la esperanza de que ella también se curaría.
Si tenía un buen día, Sadako se mantenía ocupada. Hacía sus deberes. escribía cartas a sus amigos y contestaba la correspondencia que recibía de niños y niñas que le escribían aún sin conocerla. Durante las horas de visita, divertía a su familia y a sus amigos con cuentos, juegos, canciones o adivinanzas. Por las noches, siempre hacia grullas de papel. Llegó a tener una bandada de trescientas. Y ahora las aves eran perfectas. Sus hábiles dedos trabajaban rápidamente.
La enfermedad de la bomba atómica fue consumiendo, poco a poco, las fuerzas de Sadako. Descubrió lo que es el dolor. A veces los dolores de cabeza eran tan fuertes, que no era capaz de leer ni de escribir. en otras ocasiones sentía como si sus huesos se estuvieran quemando. Y los fuertes mareos la sumían en una total oscuridad. A menudo se sentía tan débil, que lo único que podía hacer era sentarse cerca de la ventana y contemplar, con nostalgia, el inmenso arce del patio. Permanecía allí sentada durante horas con la grulla dorada en su regazo.