VILLAOLIVA: El señor Sasaki cerró la barbería y llevó a Sadako...

El señor Sasaki cerró la barbería y llevó a Sadako al hospital de la Cruz Roja. Al entrar en el edificio, la pequeña se sintió invadida por el miedo: una sección del hospital estaba destinada a las enfermedades ocasionadas por la bomba atómica.
En cuestión de segundos, Sadako se encontró en una habitación donde una enfermera le hizo radiografías y le extrajo un poco de sangre. el doctor Numata le auscultó la espalda y le hizo muchas preguntas. Otros tres doctores vinieron a ver a Sadako. Uno de ellos movió la cabeza de un lado a otro y le pasó la mano por el cabello.
Toda la familia se encontraba en el hospital. Los padres de Sadako estaban en la oficina del médico. Sadako podía oír el murmullo de sus voces. De pronto oyó a su madre gritat: " ¡leucemia! ¡pero no es posible ". Al escuchar tan terrible palabra, Sadako se taró los oídos con las manos. No quería oír nada más. Por supuesto que ella no tenía leucemia. ¿Como iba a tenerla? ¡la bomba ni siquiera la había rozado!
Yasunaga, la enfermera condujo a Sadako a una habitación del hospital le dió un kimono de algodón. Sadako descansaba en su cama cuando su familia entró en la pequeña habitación.
La señora Sasaki rodeó a Sadako con sus brazos.
-Tienes que quedarte aquí por un tiempo- le dijo, tratando de que sus palabras sonaran reconfortantes-, pero vendrá a verte todas las noches.
- Y nosotros vendremos todos los días después de la escuela- le prometió Masahiro.
Mitsue y Eiji asistieron con la cabeza. En sus enormes ojos se reflejaba el miedo.
-Papá, ¿es verdad que tengo la enfermedad de la bomba atómica?
La mirada del señor Sasaki delataba su angustia, pero solo respondió;
- Los doctores quieren examinarte más detenidamente; eso es todo. Quizá tengas que quedarte aquí durante varias semanas.
- ¡Varias semanas!.
A Sadako aquello le sonaban como que fueran años. Se perdería la graduación y, lo que era peor, no podría formar parte del equipo de relevos de la escuela. Hubo de hacer un gran esfuerzo para no echarse a llorar.
La señora Sasaki, a punto también de romper en lágrimas, le acomodó la almohada y la arropó con la manta.