Pero el joven siguió alegremente su camino pues no podía oír nada. Las bolas de lana de sus oídos no dejaban penetrar ningún sonido.
Por fin llegó a la cabaña donde vivía Hablalejos, que estaba temblando de miedo.
- ¡Ya te tengo, malvado! - gritó Inventor. Sacó la segunda cuerda y en un momento ató a una mesa a Hablalejos, que no pudo hacer el menor movimiento.
En aquel instante una luz brilló en la lejanía y lo bañó todo con su resplandor. Rápido como una centella, Inventor volvió la cabeza, sacó los lentes ahumados y se los colocó sobre la nariz. Luego dirigióse hacia la luz. Cuando la alcanzó alargó la mano y agarró fuertemente a la hermana de los duendes. Ojosbrillantes luchó en vano. Inventor la condujo hasta un roble, la volvió de cara al tronco y la ató con la tercera cuerda
Enseguida emprendió la marcha para capturar a Relámpagoligero, el último de los duendes. Éste se hallaba en un lejano país, robando cuanto encontraba a su paso. Inventor ató su ovillo de alambre al que en aquella ocasión utilizaba Relámpagoligero para deslizarse y lo llevó hasta un profundo charco de agua. Luego se ocultó entre los arbustos y esperó.
Pronto llegó silbando el duende. Al llegar cerca de su casa advirtió, con profundo sorpresa, que el alambre seguía otra dirección, pero antes de que pudiera recobrarse de su asombro, y debido a la rapidez de su marcha, se encontró dentro del agua.
Inventor salió en seguida de su escondite y gritó:
- ¡Malvado duende! ¿Quieres rendirte? Si no lo haces vendrán los seres humanos y te matarán con sus lanzas y espadas.
Relámpagoligero comprendió que no había salvación posible y, sumisamente, alargó las manos y pies, que Inventor ató con la cuarta cuerda. Hecho esto el joven se marchó, dejando a su prisionero dentro del agua.
El muchacho regresó al pueblo y anunció a todo el mundo que por fin estaban libres de las terribles criaturas. Todos se pusieron muy contentos y lo nombraron su héroe y libertador. Enseguida corrieron al bosque con espadas y mosquetes, a fin de matar a sus enemigos. Pero Inventor los contuvo; su frente se abombó más y en sus ojos brilló la luz de la sabiduría.
- No - ordenó, - no los asesinéis, aunque reconozca que merecen mil veces la muerte. Sus culpas las pagarán no con su cabeza, sino mediante una eterna esclavitud. Han torturado a los humanos; pues de ahora en adelante les serán útiles. Deben entrar al servicio del hombre y prestarte su fuerza.
- ¿Cómo pueden esos monstruos sernos de ninguna utilidad? - preguntó el pueblo.
- Dejadlo en mis manos y pronto os lo demostraré. Pero antes meted en carros a los cautivos y traedlos a la cárcel de la ciudad.
Así se hizo y todos esperaron impacientemente el resultado de los experimentos de Inventor. Día y noche escuchábase en su taller el chocar del martillo contra el yunque, el rasgar de la sierra, el chirrido de la lima y el zumbido de la perforadora.
El siguiente... el final. Saludos
Por fin llegó a la cabaña donde vivía Hablalejos, que estaba temblando de miedo.
- ¡Ya te tengo, malvado! - gritó Inventor. Sacó la segunda cuerda y en un momento ató a una mesa a Hablalejos, que no pudo hacer el menor movimiento.
En aquel instante una luz brilló en la lejanía y lo bañó todo con su resplandor. Rápido como una centella, Inventor volvió la cabeza, sacó los lentes ahumados y se los colocó sobre la nariz. Luego dirigióse hacia la luz. Cuando la alcanzó alargó la mano y agarró fuertemente a la hermana de los duendes. Ojosbrillantes luchó en vano. Inventor la condujo hasta un roble, la volvió de cara al tronco y la ató con la tercera cuerda
Enseguida emprendió la marcha para capturar a Relámpagoligero, el último de los duendes. Éste se hallaba en un lejano país, robando cuanto encontraba a su paso. Inventor ató su ovillo de alambre al que en aquella ocasión utilizaba Relámpagoligero para deslizarse y lo llevó hasta un profundo charco de agua. Luego se ocultó entre los arbustos y esperó.
Pronto llegó silbando el duende. Al llegar cerca de su casa advirtió, con profundo sorpresa, que el alambre seguía otra dirección, pero antes de que pudiera recobrarse de su asombro, y debido a la rapidez de su marcha, se encontró dentro del agua.
Inventor salió en seguida de su escondite y gritó:
- ¡Malvado duende! ¿Quieres rendirte? Si no lo haces vendrán los seres humanos y te matarán con sus lanzas y espadas.
Relámpagoligero comprendió que no había salvación posible y, sumisamente, alargó las manos y pies, que Inventor ató con la cuarta cuerda. Hecho esto el joven se marchó, dejando a su prisionero dentro del agua.
El muchacho regresó al pueblo y anunció a todo el mundo que por fin estaban libres de las terribles criaturas. Todos se pusieron muy contentos y lo nombraron su héroe y libertador. Enseguida corrieron al bosque con espadas y mosquetes, a fin de matar a sus enemigos. Pero Inventor los contuvo; su frente se abombó más y en sus ojos brilló la luz de la sabiduría.
- No - ordenó, - no los asesinéis, aunque reconozca que merecen mil veces la muerte. Sus culpas las pagarán no con su cabeza, sino mediante una eterna esclavitud. Han torturado a los humanos; pues de ahora en adelante les serán útiles. Deben entrar al servicio del hombre y prestarte su fuerza.
- ¿Cómo pueden esos monstruos sernos de ninguna utilidad? - preguntó el pueblo.
- Dejadlo en mis manos y pronto os lo demostraré. Pero antes meted en carros a los cautivos y traedlos a la cárcel de la ciudad.
Así se hizo y todos esperaron impacientemente el resultado de los experimentos de Inventor. Día y noche escuchábase en su taller el chocar del martillo contra el yunque, el rasgar de la sierra, el chirrido de la lima y el zumbido de la perforadora.
El siguiente... el final. Saludos