Estamos en Semana Santa... aunque ya a pocos les importe o incluso no sepan, lo que en tiempos no tan remotos un día fue, porque actualmente es sinónimo de vacaciones que unos aprovechan para pasar unos días de asueto en la casa del pueblo, visitar ciudades con procesiones de renombre, o hacer un viajecito a cualquier parte del mundo ¿por que no?. Pero en tiempos no tan lejanos era una época bien marcada por los curas que intensificaban su gusto por el sacrificio, la confesión y el amedrentamiento.
Eran días en los que casi todo giraba en torno a la iglesia (sobretodo en los pueblos) y era el momento apropiado para que los fieles cumpliesen con la ley eclesiástica obligatoria de “confesar y comulgar una vez al año y, a ser posible por Pascua Florida.
Para estas confesiones generales se producía toda una movilización sacerdotal: al párroco del pueblo se sumaban los de los pueblos de alrededor (entonces había uno en cada localidad, no como ahora que un solo cura cubre doce o quince pueblos). En Sotobañado yo recuerdo que había dos confesionarios uno situado en el espacio que separaba el altar de "la Viejecilla" con la pila del agua bendita (según se entra en la iglesia en el lateral de la derecha) y otro más usado habitualmente, en la zona donde estaban situados los bancos exclusivos para niños (varones).
En los tres días, de Jueves a Sábado Santo, el protagonismo era para los confesionarios, esa pequeña cabina en la que el sacerdote escucha los pecados de cada persona, le da la penitencia y le absuelve de todos sus pecados.
Del protagonismo que tenían los confesionarios en esos días se ha pasado a que sea un objeto casi en desuso que encontramos en muchas iglesias en un rincón del templo.
Eran días en los que casi todo giraba en torno a la iglesia (sobretodo en los pueblos) y era el momento apropiado para que los fieles cumpliesen con la ley eclesiástica obligatoria de “confesar y comulgar una vez al año y, a ser posible por Pascua Florida.
Para estas confesiones generales se producía toda una movilización sacerdotal: al párroco del pueblo se sumaban los de los pueblos de alrededor (entonces había uno en cada localidad, no como ahora que un solo cura cubre doce o quince pueblos). En Sotobañado yo recuerdo que había dos confesionarios uno situado en el espacio que separaba el altar de "la Viejecilla" con la pila del agua bendita (según se entra en la iglesia en el lateral de la derecha) y otro más usado habitualmente, en la zona donde estaban situados los bancos exclusivos para niños (varones).
En los tres días, de Jueves a Sábado Santo, el protagonismo era para los confesionarios, esa pequeña cabina en la que el sacerdote escucha los pecados de cada persona, le da la penitencia y le absuelve de todos sus pecados.
Del protagonismo que tenían los confesionarios en esos días se ha pasado a que sea un objeto casi en desuso que encontramos en muchas iglesias en un rincón del templo.