Tengo las tardes-noches de pesca con mi padre, grabadas en mis adentros. Mientras había luz todo iba perfecto, lo pasábamos genial y la tortilla nos sabía siempre a gloria. Era como un ritual. Pero cuando oscurecía y aquello se quedaba como la boca del lobo, el asunto ya cambiaba, nos quedábamos sentadas con la espalda pegada en un chopo y no nos atrevíamos ni a respirar, ¡qué miedo, la de ruidos sospechosos por todos lados!. Yo me sentía como Hansel y Gretel (pero sin desperdiciar el pan). Cuando
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Pues, en
casa de mi madre, no faltan. De vez en cuando, les da la morriña y.... a
comer cangrejos. Y como digo cangrejos, digo, patatas con sebo (un banquete de colesterol que se daban en casa de mi abuela Fermina cuando mi padre era crío) o jerejitos, que una vez mencioné aquí con Gigantea, o lo que se tercie. Cualquier plato de antaño herrerense. Tenemos suerte de tener a mi madre, estupenda cocinera y de paso, de Herrera, para que no se pierdan las buenas
costumbres. Así que, Chus, vente p´acá
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