Juego de volúmenes perfectos: La construcción destaca por su simetría y la nitidez de sus líneas, lo que transmite un equilibrio visual absoluto.
Torres cilíndricas: En la
fachada principal resaltan las dos características torres redondas que flanquean la entrada, un elemento muy original influenciado por la
arquitectura carolingia europea. Cimborrio octogonal: Hacia la derecha se aprecia el volumen poligonal que corona el crucero del templo y permite la entrada de luz en el interior. Los
canecillos: Bajo los
aleros de los
tejados sobresalen pequeñas piezas talladas. El templo posee más de 300 canecillos originales y réplicas con representaciones de animales, monstruos mitológicos y figuras humanas de carácter didáctico. La impecable apariencia exterior del templo se debe en gran medida a una profunda y célebre restauración purista realizada entre finales del siglo XIX y principios del XX por el arquitecto Manuel Aníbal Álvarez, quien eliminó los añadidos góticos y barrocos posteriores para devolverle su estética
medieval original.