Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu
playa, y escondido tras las cañas duerme mi primer amor, llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya, y amontonado en tu arena
guardo amor,
juegos y penas. Yo, que en la piel tengo el sabor
amargo del llanto eterno, que han vertido en ti cien
pueblos
de Algeciras a Estambul, para que pintes de azul sus largas
noches de
invierno.
A fuerza de desventuras, tu alma es profunda y oscura.
A tus atardeceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo
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