Una de la anécdotas de Peña Valdevés me ha hecho recordar las
desventuras de mi abuela y mi madre con sendos perros. Era por los
años 40 cuando mi abuela Adelina salió ya avanzada la tarde para
prestarle unas alforjas a Sara, que tenía que ir a hacer un recado a
Riello el día siguiente. Al llegar a la
casa de su vecina, abrió el
portón, que nunca se cerraba con llave, sin acordarse de que el perro
pastor lo guardaban allí esos días. Aunque el perro conocía bien a
Adelina, su instinto de guardián
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