Hace mucho tiempo existían tres reyes que adoraban con pasión el
arte de observar e interpretar las estrellas.
Melchor era un rey europeo que rondaba los sesenta años de barba blanca y espesa y gran sabiduría; un día observando las estrellas desde una de las
terrazas de su
palacio vió como una estrella fulgurante y bella, muy distinta a todas las que había visto en su vida se paraba frente a él, parpadeaba intensamente y después proseguía su
camino.
Melchor se sintió tan intrigado por su apariencia
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