La multitud se agolpaba alrededor de los participantes, no para animarlos, sino expectantes: No era posible alcanzar la cima del
monte. No aquel día.
Pese a la arraigada
tradición, se cuestionaba la hazaña: no solo había nevado abundantemente; el
cielo de la
noche había sido raso y el hielo era un peligro añadido.
En lugar de los vítores acostumbrados, se susurraba un rumor nefasto: no lo van a conseguir, no lo van a conseguir.
Pese a todo, - ¡Uno, dos, tres, pum!- la carrera empezó.
Los
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