MANZANEDA DE OMAÑA: OMAÑESA DEL AÑO 2013...

OMAÑESA DEL AÑO 2013

Palabras pronunciadas en el acto de entrega
del galardón "Omañesa 2013".

Margarita Álvarez Rodríguez

¡GRACIAS!

De mi origen omañés
siempre, amigos, he hecho gala:
ser OMAÑESA DEL AÑO,
me obliga aún más con Omaña.

ilencio y la quietud del que andamos tan escasos en las grandes ciudades. Volver a esta tierra de la que don Florentino Agustín Díez, en su hermoso libro Omaña, donde los montes suspiran, decía:

Es un paisaje introvertido, autoconcentrado, como ensimismado por una inefable serenidad (…) Todo en el panorama rezuma una mágica quietud, un palpitar apenas perceptible, dulce, puro y encalmado, una ternura infinita de la Madre Naturaleza vuelta sobre sí misma, amamantando querenciosa a sus criaturas.

Es una bellísima descripción de nuestro paisaje. Es verdad que los omañeses sentimos esta naturaleza que rodea nuestros pueblos y que llega a las puertas y ventanas de nuestras casas como una madre protectora que acompaña silenciosa nuestra vida cotidiana. Y a nosotros nos gusta cobijarnos bajo su manto y sentirnos acompañados por ella.

¡Qué desprotegido se sentiría cualquier omañés si le quitaran la compañía del paisaje que lo rodea!

Para mí es un lujo haber nacido en un pequeño pueblo omañés, siempre me he enorgullecido de ello y nunca entendí que alguien pudiera avergonzarse de haber nacido en un sitio como este. Aquí están mis raíces y aquí siempre he tenido un lugar entre mis paisanos.

Y ese es mi único mérito, si es que tengo alguno, querer a este lugar: a su paisaje y a su paisanaje. A esos omañeses que nos siguen cuidando esta tierra, esos que le dan vida en el día a día y también aquellos que los precedieron y nos dejaron su legado. Y ya que soy la primera mujer que recibe este galardón quiero que en mí tengan reconocimiento las polifacéticas y esforzadas mujeres omañesas que han trabajado siempre en la hacienda familiar lo mismo que los hombres y, además, cocinaban, cosían, hilaban, tejían, amasaban… Y transmitían la cultura tradicional.

Por todo eso todavía hoy puedo decir con orgullo que lo más trascendente de mi vida lo he aprendido aquí.

Aquí, al compás de las estaciones, aprendí a observar, a respetar, a querer y mimar a la naturaleza. He contemplado muchas veces las transparentes aguas del río que da nombre a la comarca: las truchas que se cebaban en ellas, la belleza de sus riberas cubiertas de alisos y chopos, sus riadas invernales con su impresionante sonido… También me han fascinado los distintos trajes estacionales con que se visten nuestros frutales: sus estampados blancos y sonrosados de las flores primaverales, los lunares escondidos de color cereza, guinda, manzana… que aparecen entre las hojas del verdor veraniego, la maravilla de esos trajes multicolores de tonos ocres y rojizos de la otoñada y hasta la elegancia de su desnudez invernal.

Aquí he sabido lo que era la siega del pan a hoz, la trilla y la maja, el arramar el abono, ir con las vacas, andar a la hierba... y tantas otras faenas. Conozco los nombres y el uso de todos los utensilios que había en las casas de labranza. Sé distinguir un garabito de un garabato, una forca de una forqueta, un escaño de un escañil, un pote de una pota, un llosco de una androya, un tentemozo de un tentetieso… Uñir vacas colocando mullidas, yugo y cornales tampoco es algo extraño para mí.

Vacas uñidas (foto tomada en Rosales)

Aquí he comido berzas llandias con la ración (tocino, costilla, chorizo sabadiego…) en invierno, fréjoles en verano, picas, cecina, mantigones, manteca, bollo rallón… He jugado a la maya, al enduño, a adivinar cusillinas…

Aquí, observando el comportamiento de las gentes, he aprendido el espíritu de sacrifico, la rectitud moral, el deseo de acoger y ayudar a los demás, la austeridad, el ser de buen conforme, la fortaleza de ánimo. Y también la cultura del sentido común de la que a veces carecen personas de gran formación académica.

Aquí hice mía también una forma de hablar clara y expresiva, muy alejada del retorcimiento gratuito del lenguaje urbano. Y, a pesar de llevar viviendo en Madrid casi 40 años, aún hay muchas palabras leonesas que se imponen en mi mente a cualquier otra. ¡Hermosas palabras como: junjurir, enjecoso, espurrirse, esperriar, entafurriar, embarbalar, filandero, forroñoso, requiveque, esparaván, estaribel, telares...!
A ellas les he dedicado un libro.

Cualquiera de esos términos, conocidos por todos nosotros, sonarían muy extraños fuera de aquí donde no entienden que nuestro luego significa “pronto”, no “después”, y que prestar es “gustar”. Pero no son chapurriáu, son una forma de hablar nuestra, tan respetable como cualquier otra.

Con palabras como esas aprendí a hablar, a pensar y a ser quién soy. Aquí, en definitiva, empezó a forjarse mi personalidad. Y lo que en la niñez se aprende toda la vida dura. En fin, Omaña es para mí un montón de vivencias que nunca me han abandonado. Y ese amor por la tierra lo he transmitido a mi familia.

¡Ojalá los que tenéis la suerte de vivir aquí y los que volvéis como yo, consigáis también transmitir esa herencia…! ¡Omaña debe seguir viva! Asociaciones culturales como el IEO tratan de luchar por ello. Os invito a integraros en esta asociación.

Para expresar todo lo que Omaña me ha aportado hace un año escribí unas coplas que tratan de recoger algo de la geografía, de la cultura y de las vivencias de las gentes de esta tierra. Coplas que han tenido bastante difusión a través de mi blog y que hoy aprovecho esta ocasión para dedicarlas a todos los omañeses. A los que vivís aquí y a los que ya se fueron para siempre, entre ellos, mis padres, que hoy habrían disfrutado mucho de este acto y a los que debo gran parte de lo que soy.

Entrega del galardón de manos de Julio Álvarez Rubio (Omañés 2012) y en presencia de David Álvarez Cárcamo, presidente del IEO.

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