Otros estudiosos omañeses, como el reconocido fray César Morán, abundaron en la misma propuesta que, finalmente, se quedó en nada. Pero conocer este episodio enriquece aún más la aventura de recorrer estos parajes. Como también la enriquece saber que, en los primeros años de la reconquista, ésta de El Castillo debió de ser una de tantas pequeñas fortificaciones que, según relató Alonso de Carvallo, mandó hacer Alfonso II sobre los caminos a través de la Cordillera, donde quedasen algunos capitanes con gente de guarnición para su defensa.
En tiempos más recientes, el lugar de Las Ventas del Castillo de Omaña -apenas cinco casas o mesones y un molino de cereal, según me cuentan- fue lugar de parada y fonda y centro de negocios. En la confluencia de caminos, entre la fortaleza y la ermita del Bendito Cristo, se celebraron regularmente ferias y un concurrido mercado ganadero que operó, cada martes, desde octubre a mediados de enero.
Una turbamulta procedente de los pueblos de Omaña entera y de Laciana, Babia, El Bierzo y La Cepeda, a cuyo alrededor mugían o bramaban los estresados bóvidos, las verduleras y confiteras gritaban sus proclamas, artesanos de diversos gremios pregonaban su mercancía, gruñían a coro los gochos vizcaínos, asturianos y extremeños, toda clase de équidos competía en rebuznos, bufidos y relinchos, por doquier chapoteaban traicioneramente las boñigas, el abigarrado personal saludaba a voz en grito, urbi et orbe, durante las interminables vueltas y revueltas, como si hubieran transcurrido varios años desde el anterior encuentro y, para completar el guirigay, gozaban de unas horas de solaz aquellos estudiantes que, por las buenas o estacazos, aprendían gramática latina en la vecina Vegarienza. A mediodía, en los mesones de Amaro, Severiano y Cubría, la confusión iba en aumento con las colas, demandas, empujones, reclamaciones y un incesante entrechocar de jarras, tarteras y platos rebosantes de carne de pollo y de oveja. Venían luego los cafés y las botellas de coñac y las timbas, los guantazos retumbando sobre el tablero, el griterío creciente, destemplado y bronco y la humareda espesa de habanos rumbosos y villanos mataquintos que terminaba de conferir a cada recinto el aspecto de un campo de batalla.
A mediados del pasado siglo, la actividad entró en rápida decadencia. Me contaron que a las ferias de los últimos tiempos no sólo acudían los ganaderos, tratantes y artesanos sino también vendedores al pormenor de dulces, frutos secos, baratijas, mercería, calendarios y hasta mercancía clandestina (v. g.: condones). Entre los personajes más recordados se recuerda a La Pucha de Riello, trabajadora, valiente, sentimental y máxima cronista local. Mientras revolvía el tambor de asar castañas, relataba sucesos y tragedias y se hartaba de llorar. A su lado solía calentarse Cosme, buhonero proveedor del Calendario Zaragozano y del Taco del Sagrado Corazón de Jesús.
A la rica castaña caliente -gritaba La Pucha.
A duro el taco –añadía Cosme en baja voz.
No hay castaña más dulce que la mía y la de mi hermana María –apuntillaba La Pucha.
A duro el taco –insistía Cosme.
Acerca de los elogios que Miguel Delibes hizo a Paulino El Guarda y a las tabladas trucheras
del río Omaña, donde El Castillo se refleja, tendremos que hablar en otra ocasión, cuando me
asesoren dos amigos, grandes pescadores ellos.
Durante el primer decenio de este siglo, el país del agua y de los pastos infinitos conoció una experiencia ganadera a cuyo desarrollo muchos asistimos con atención y grandes esperanzas. Aquella fue una década de sueños, ambiciones, quimeras e insensatez que terminó con la sacudida, la conmoción que hoy nos tiene, como poco, aturdidos.
Hasta aquí llegó el proyecto de recuperación de la raza bovina sayaguesa, que imaginaba ver algún día, pastando libremente en los montes de Omaña, una reserva de tres mil bueyes que habrían de garantizar el abastecimiento continuo de carne y de diversidad de productos derivados, de óptima calidad, para las más selectas cadenas de alimentación, carnicerías y restaurantes de España y del mundo. Al mismo tiempo, en la cría de ejemplares de la especie protegida del burro zamorano-leonés se basaría un magno plan de promoción turística y dinamización económica capaz de resucitar esta comarca.
Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte
¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
(Samaniego)
Los bueyes y vacas que quedan después aquel delirio precioso en el que creímos, aún permanecen en Omaña, en la explanada entre El Castillo y el río, a la espera de que ser trasladadas por un comprador a otra provincia, no sé qué fin exactamente. Ojalá tenga más suerte.
Fruto asimismo de esta década de los innumerables prodigios -sustentados en el tinglado gestor de subvenciones y comisiones- es el hermoso parque vecino al río y al castillo de Benal. Ojalá haya en adelante medios para proteger este jardín -donde el río y la ribera son lo principal- y para mantener los artilugios lúdico-deportivos donde deberían hacer salud los ancianos omañeses y los hijos de los pescadores que vienen de la ciudad.
Cuesta creer que el ayuntamiento de Riello, presidido durante treinta años por un político con aparente capacidad de influencia en la Diputación Provincial, al menos durante los últimos y prodigiosos tiempos, no lograse detener la ruina de un monumento tan significante. Tampoco lo consiguió quien fuera Presidente de la Diputación y Delegado de la Junta de Castilla y León, aun cuando las piedras de la reliquia histórica que se desmorona ruedan, al parecer, contra una casa de su propiedad. También cuesta creer que, en la cima del vecino Cueto de Rosales, los gobernantes hayan gastado un montón de dinero público en el arpa del viento, algo que el excursionista deberá ver y juzgar. ¿Consolidar lo que queda del castillo hubiera costado mucho más? Y, en términos puramente económicos, ¿hubiera sido menos rentable?
Hace poco tiempo, para la tercera edición del acontecimiento cultural Omafolk, el Instituto de Estudios Omañeses (IEO) consiguió la presencia del arquitecto Fernando Cobos, reconocido experto en arquitectura civil y militar del medioevo y el renacimiento, entre cuyas actuaciones se cuentan los trabajos de recuperación en el Castillo de La Mota, el Castillo de Ponferrada y el Castillo de Cornatel. El IEO dio así un primer paso para una intervención en el Castillo de Benal. Desgraciadamente, ahora vienen tiempos de austeridad y penitencia.
Ver http://www. diariodeleon. com/noticias/noticia. asp? pkid=549189
Otros estudiosos omañeses, como el reconocido fray César Morán, abundaron en la misma propuesta que, finalmente, se quedó en nada. Pero conocer este episodio enriquece aún más la aventura de recorrer estos parajes. Como también la enriquece saber que, en los primeros años de la reconquista, ésta de El Castillo debió de ser una de tantas pequeñas fortificaciones que, según relató Alonso de Carvallo, mandó hacer Alfonso II sobre los caminos a través de la Cordillera, donde quedasen algunos capitanes con gente de guarnición para su defensa.
En tiempos más recientes, el lugar de Las Ventas del Castillo de Omaña -apenas cinco casas o mesones y un molino de cereal, según me cuentan- fue lugar de parada y fonda y centro de negocios. En la confluencia de caminos, entre la fortaleza y la ermita del Bendito Cristo, se celebraron regularmente ferias y un concurrido mercado ganadero que operó, cada martes, desde octubre a mediados de enero.
Una turbamulta procedente de los pueblos de Omaña entera y de Laciana, Babia, El Bierzo y La Cepeda, a cuyo alrededor mugían o bramaban los estresados bóvidos, las verduleras y confiteras gritaban sus proclamas, artesanos de diversos gremios pregonaban su mercancía, gruñían a coro los gochos vizcaínos, asturianos y extremeños, toda clase de équidos competía en rebuznos, bufidos y relinchos, por doquier chapoteaban traicioneramente las boñigas, el abigarrado personal saludaba a voz en grito, urbi et orbe, durante las interminables vueltas y revueltas, como si hubieran transcurrido varios años desde el anterior encuentro y, para completar el guirigay, gozaban de unas horas de solaz aquellos estudiantes que, por las buenas o estacazos, aprendían gramática latina en la vecina Vegarienza. A mediodía, en los mesones de Amaro, Severiano y Cubría, la confusión iba en aumento con las colas, demandas, empujones, reclamaciones y un incesante entrechocar de jarras, tarteras y platos rebosantes de carne de pollo y de oveja. Venían luego los cafés y las botellas de coñac y las timbas, los guantazos retumbando sobre el tablero, el griterío creciente, destemplado y bronco y la humareda espesa de habanos rumbosos y villanos mataquintos que terminaba de conferir a cada recinto el aspecto de un campo de batalla.
A mediados del pasado siglo, la actividad entró en rápida decadencia. Me contaron que a las ferias de los últimos tiempos no sólo acudían los ganaderos, tratantes y artesanos sino también vendedores al pormenor de dulces, frutos secos, baratijas, mercería, calendarios y hasta mercancía clandestina (v. g.: condones). Entre los personajes más recordados se recuerda a La Pucha de Riello, trabajadora, valiente, sentimental y máxima cronista local. Mientras revolvía el tambor de asar castañas, relataba sucesos y tragedias y se hartaba de llorar. A su lado solía calentarse Cosme, buhonero proveedor del Calendario Zaragozano y del Taco del Sagrado Corazón de Jesús.
A la rica castaña caliente -gritaba La Pucha.
A duro el taco –añadía Cosme en baja voz.
No hay castaña más dulce que la mía y la de mi hermana María –apuntillaba La Pucha.
A duro el taco –insistía Cosme.
Acerca de los elogios que Miguel Delibes hizo a Paulino El Guarda y a las tabladas trucheras
del río Omaña, donde El Castillo se refleja, tendremos que hablar en otra ocasión, cuando me
asesoren dos amigos, grandes pescadores ellos.
Durante el primer decenio de este siglo, el país del agua y de los pastos infinitos conoció una experiencia ganadera a cuyo desarrollo muchos asistimos con atención y grandes esperanzas. Aquella fue una década de sueños, ambiciones, quimeras e insensatez que terminó con la sacudida, la conmoción que hoy nos tiene, como poco, aturdidos.
Hasta aquí llegó el proyecto de recuperación de la raza bovina sayaguesa, que imaginaba ver algún día, pastando libremente en los montes de Omaña, una reserva de tres mil bueyes que habrían de garantizar el abastecimiento continuo de carne y de diversidad de productos derivados, de óptima calidad, para las más selectas cadenas de alimentación, carnicerías y restaurantes de España y del mundo. Al mismo tiempo, en la cría de ejemplares de la especie protegida del burro zamorano-leonés se basaría un magno plan de promoción turística y dinamización económica capaz de resucitar esta comarca.
Llevaba en la cabeza
una lechera el cántaro al mercado
con aquella presteza,
aquel aire sencillo, aquel agrado,
que va diciendo a todo el que lo advierte
¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!
(Samaniego)
Los bueyes y vacas que quedan después aquel delirio precioso en el que creímos, aún permanecen en Omaña, en la explanada entre El Castillo y el río, a la espera de que ser trasladadas por un comprador a otra provincia, no sé qué fin exactamente. Ojalá tenga más suerte.
Fruto asimismo de esta década de los innumerables prodigios -sustentados en el tinglado gestor de subvenciones y comisiones- es el hermoso parque vecino al río y al castillo de Benal. Ojalá haya en adelante medios para proteger este jardín -donde el río y la ribera son lo principal- y para mantener los artilugios lúdico-deportivos donde deberían hacer salud los ancianos omañeses y los hijos de los pescadores que vienen de la ciudad.
Cuesta creer que el ayuntamiento de Riello, presidido durante treinta años por un político con aparente capacidad de influencia en la Diputación Provincial, al menos durante los últimos y prodigiosos tiempos, no lograse detener la ruina de un monumento tan significante. Tampoco lo consiguió quien fuera Presidente de la Diputación y Delegado de la Junta de Castilla y León, aun cuando las piedras de la reliquia histórica que se desmorona ruedan, al parecer, contra una casa de su propiedad. También cuesta creer que, en la cima del vecino Cueto de Rosales, los gobernantes hayan gastado un montón de dinero público en el arpa del viento, algo que el excursionista deberá ver y juzgar. ¿Consolidar lo que queda del castillo hubiera costado mucho más? Y, en términos puramente económicos, ¿hubiera sido menos rentable?
Hace poco tiempo, para la tercera edición del acontecimiento cultural Omafolk, el Instituto de Estudios Omañeses (IEO) consiguió la presencia del arquitecto Fernando Cobos, reconocido experto en arquitectura civil y militar del medioevo y el renacimiento, entre cuyas actuaciones se cuentan los trabajos de recuperación en el Castillo de La Mota, el Castillo de Ponferrada y el Castillo de Cornatel. El IEO dio así un primer paso para una intervención en el Castillo de Benal. Desgraciadamente, ahora vienen tiempos de austeridad y penitencia.
Ver http://www. diariodeleon. com/noticias/noticia. asp? pkid=549189