MANZANEDA DE OMAÑA: Aunque miríadas de veces con emotivas palabras intentara...

Aunque miríadas de veces con emotivas palabras intentara acercarme, en su día, a la madre omañesa, nunca podría desvelar sus muchos valores ni definir los maternos calores que guardan y tienen, que ofrecen y dieron, nuestros regazos de amores.

Se sabe de cierto, que el ciclo más estable de la historia de Omaña concluyó anteayer, cuando los pobladores más activos sintieron prisa de dispersión fuera de sus lugares, abandonando hogar y heredad en los que, a veces, quedaron ancianos lastrados en sus principios y a su mucha edad.

Desde el histórico hecho, la «casa abierta», emocionalmente ha sido semblanza de barco velero varado, herido, sin viento en las velas, perdido el poder navegar En cada una, madres anhelando regreso de hijos ausentes, queriendo olvidar temores soñados con estancias extrañas en ritmos de afectos distintos; deseos fervientes de nunca tener que vivir en nostalgia el amor del calor familiar.

Pudo ocurrir que el reloj del tiempo de Omaña, desde anteayer, entrara en retrasos. Que los pobladores, en el último repecho del camino, se notaran unidos a raro destino, en otro pensar. Morando en lugares con población decaída sin poder en sana alegría de limpios afectos; y lo mismo es muy cierto que, ahora, las más de las veces, se reúnen tristes, serios, para acompañar al último muerto en su funeral. Habrá acontecido que la voz de la campana en todos los pueblos olvidó repiques de bautizos y bodas, tañendo mensajes de sustos, doblando con miedo. Se sabe de omañesas y omañeses solitarios, sufriendo momentos sentados en poyos con el pensar escapado a un pasado distinto con recuerdos que azuzan memorias de soles propicios, ajenos al canto de un mirlo cercano arrogante, ufano, que en mejores auspicios regala melodioso concierto sin reparar en nerviosos pardales, gorriones caseros, jurando, prometiendo con trinos no aborrecerles; pasar hambre si faltaran granos de trigo o centeno, migas de mendrugos esparcidas en suelos de portalones vacíos, sin carros ni aperos.

Son, fueron, madres que apuran la vida sonriendo lo malo y llorando lo bueno. Estas y aquellas, ejercitaron normas de Rana aritmética: sumaron fe con las cosas sencillas; restaron rampojos a la esperanza; multiplicaron panes para caridades; dividieron hasta el infinito lo que estorba a la vida: la mentira, el vicio, la falta de respeto. Antes de ausentarse, revisaron huellas en sendas propias para que Omaña no entrara en retrasos ni en paros en el reloj de su tiempo.

Del tesoro que no me cabe, a ti tampoco, hasta anteayer la madre omañesa, fue to de mujer labriega curtida de sol y de nieves, tocada con pañuelo negro, abrigada con mantón oscuro, vestida con indumentaria honesta. Empuñó manceras de arados romanos, se perfumaba con aromas de tomillos, cantuesos, brecinas y mentas. Olía a heno y a gavillas maduras; a pan recién sacado del horno; a exquisitos manjares preparados en cocinas de Llar; a mantequilla fresca; a mazapán del Corpus. Nuestros regazos fueron y son caricia, gozo y ternura; rubor de amapolas en verdes trigales; geranios de hogar en colores; fragancia, color y olor de rosales en flor. ¡Qué guapas! Luciendo los ojos con brillos de amores: suyos y nuestros.

Cinceles de ajustada enseñanza de hogar y de escuela desde niñas, marcaron en sus carnes tiernas meridianos de obligados deberes con madres, padres, abuelos y abuelas hasta llorarles en finales ausencias. Vivieron sin conocer la ecuación de la prisa sin saber de la cultura del ocio ni de modas modernas con tufo de vano negocio. Fueron dueñas de un señorío ganado. Perlas con las que hemos ensartado collares inéditos. Se sabe que la madre omañesa de incontadas renuncias gozos ha hecho; que ganó la partida a tristezas en docto silencio o canturriando la jota, soñando con ritmos de viejos panderos. Revivió logros moceros, pregonó secretos de juventud, calló limpias aventuras; fue ejemplo de entrega y de rezos por inefables ausencias. Dice ser el negocio más serio.

La madre omañesa ejercitó fundamentos de educación honesta, sabia, en probadas obras, en muchos sucesos. Con palabras calladas. Contenidos de haceres que asemejan al de cuatro estrofas de un escrito y poema bello que hizo (F. C.) en Palencia, un amigo, catedrático, cultísimo, serio. Leerle madres de Omaña. Os recordará raíces de principios de propia aritmética olvidada, quizá, por tanto ejercerlas:

«... Cuando lleguen los hijos y aprendan virtudes que nunca leyeron, cuando les eduques en el rigor de tus besos y con el cariño de tu justo enfado, cuando goces, llorando tus alegres penas. Cuando lleves sereno, tristes alegrías. Cuando sientas que ha un hombre metido en tus huesos... »

Aunque Omaña se sintiera acotada y necesitara nueva conquista, si vuelves la mirada a la madre omañesa se disparan temores. A su lado hay hijos, mozos y hombres de honores esperando oír que la mujer y madre omañesa sentencie: ¡Adelante señores! Los debidos afanes, la estrategia bien estudiada está lista.

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