MARZO Y EL PASTOR
Una forma tradicional de reflejar los cambios bruscos de temperatura del mes de marzo, con sus funestas consecuencias para el ganado lanar, es mediante el diálogo que mantienen dos interlocutores: por un lado el pastor o pastora que, en tono de burla, despide al mes porque cree haber salvado su rebaño, al conservarlo entero una vez que ha finalizado marzo (o febrero, según otras versiones) y, por otra parte, uno de estos meses que le pide unos días más de frío al mes que le sigue para castigar al insolente pastor.
La tradición se extiende por toda Europa y así, entre los agricultores del Mediodía de Francia, existía la creencia de que en los tres últimos días de febrero y los tres primeros de marzo siempre ocurría un descenso termométrico notable, lo cual explicaban por medio de una leyenda, en la que una anciana que guardaba sus ovejas llegó a burlarse del mes de febrero porque ya daba por terminado el invierno; pero febrero se molestó por esta burla y le pidió unos días a marzo para continuar el tiempo frío y malo, con lo que las heladas no dejaron una hebra de hierba en el campo y todas las ovejas murieron, dejando a la vieja con el mayor desconsuelo. Entonces, la anciana pastora compró vacas, animales de mayor resistencia, que llegaron sin problema a finales de marzo, con lo que se burló de este mes y marzo, herido en su amor propio, pidió prestados unos días a abril y, a primeros de este mes, se sucedieron unas heladas que destruyeron la hierba de los prados y toda clase de plantas, dejando a la vieja sin vacas. Desde entonces, en esa zona de Francia se llama a los tres últimos días de marzo y los cuatro primeros de abril, Li Vaqueirieu.
Historias similares existen en muchos lugares de España (Galicia, Andalucía, Castilla, Cataluña), en las cuales, los temporales de agua y frío acaban con ovejas y corderos, ya debilitados por el invierno. En León se han recogido los diálogos del pastor y marzo en varios lugares (El Bierzo, La Cepeda, Maragatería, Sajambre, Ribera del Orbigo y la Valdería). Esta es la versión de Sajambre:
“Vete con Dios, Jebrero, que acá me dejas el mi payar entero, el mi queso cogotudo y el mi cabrito cornudo; con dos días que me quedan y dos que me dará mi hermano, tengo jacete andar con los pilleyos en llombo y los piquetes en mano”.
Esta otra, pertenece al folklore de San Justo de la Vega:
“Ah marzo, rabudo,
con tus días treinta y uno
ya te marchas,
y no te llevas ninguno.
Contesta marzo:
“Ah pícaro pastor, ¿Aún te quedas alabando?
Con un día que tengo yo
y dos que me dé mi hermano
te tengo de hacer andar
con los pellejos a cuestas
y las cencerras en la mano”.
Lo cierto es que, como indicábamos, los animales ya llegaban debilitados al mes de marzo, tras el invierno, como indica este refrán maragato, que se repite por otras zonas de León,: “Enero se lleva el sebo, febrero la pulpa y luego llega marzo y paga la culpa” y, si además eran rapados en este primer mes de la primavera, parecería algo normal que las ovejas no pudieran resistir estos aguijonazos del frío de comienzos de marzo o de los primeros días de abril. Por eso se decía en El Bierzo: “Si queres ovellas mil, rapa en abril; si queres ovellas catro, rapa en marzo”.
Una forma tradicional de reflejar los cambios bruscos de temperatura del mes de marzo, con sus funestas consecuencias para el ganado lanar, es mediante el diálogo que mantienen dos interlocutores: por un lado el pastor o pastora que, en tono de burla, despide al mes porque cree haber salvado su rebaño, al conservarlo entero una vez que ha finalizado marzo (o febrero, según otras versiones) y, por otra parte, uno de estos meses que le pide unos días más de frío al mes que le sigue para castigar al insolente pastor.
La tradición se extiende por toda Europa y así, entre los agricultores del Mediodía de Francia, existía la creencia de que en los tres últimos días de febrero y los tres primeros de marzo siempre ocurría un descenso termométrico notable, lo cual explicaban por medio de una leyenda, en la que una anciana que guardaba sus ovejas llegó a burlarse del mes de febrero porque ya daba por terminado el invierno; pero febrero se molestó por esta burla y le pidió unos días a marzo para continuar el tiempo frío y malo, con lo que las heladas no dejaron una hebra de hierba en el campo y todas las ovejas murieron, dejando a la vieja con el mayor desconsuelo. Entonces, la anciana pastora compró vacas, animales de mayor resistencia, que llegaron sin problema a finales de marzo, con lo que se burló de este mes y marzo, herido en su amor propio, pidió prestados unos días a abril y, a primeros de este mes, se sucedieron unas heladas que destruyeron la hierba de los prados y toda clase de plantas, dejando a la vieja sin vacas. Desde entonces, en esa zona de Francia se llama a los tres últimos días de marzo y los cuatro primeros de abril, Li Vaqueirieu.
Historias similares existen en muchos lugares de España (Galicia, Andalucía, Castilla, Cataluña), en las cuales, los temporales de agua y frío acaban con ovejas y corderos, ya debilitados por el invierno. En León se han recogido los diálogos del pastor y marzo en varios lugares (El Bierzo, La Cepeda, Maragatería, Sajambre, Ribera del Orbigo y la Valdería). Esta es la versión de Sajambre:
“Vete con Dios, Jebrero, que acá me dejas el mi payar entero, el mi queso cogotudo y el mi cabrito cornudo; con dos días que me quedan y dos que me dará mi hermano, tengo jacete andar con los pilleyos en llombo y los piquetes en mano”.
Esta otra, pertenece al folklore de San Justo de la Vega:
“Ah marzo, rabudo,
con tus días treinta y uno
ya te marchas,
y no te llevas ninguno.
Contesta marzo:
“Ah pícaro pastor, ¿Aún te quedas alabando?
Con un día que tengo yo
y dos que me dé mi hermano
te tengo de hacer andar
con los pellejos a cuestas
y las cencerras en la mano”.
Lo cierto es que, como indicábamos, los animales ya llegaban debilitados al mes de marzo, tras el invierno, como indica este refrán maragato, que se repite por otras zonas de León,: “Enero se lleva el sebo, febrero la pulpa y luego llega marzo y paga la culpa” y, si además eran rapados en este primer mes de la primavera, parecería algo normal que las ovejas no pudieran resistir estos aguijonazos del frío de comienzos de marzo o de los primeros días de abril. Por eso se decía en El Bierzo: “Si queres ovellas mil, rapa en abril; si queres ovellas catro, rapa en marzo”.