LA VEGA DE ROBLEDO: Abordamos aquí el tema manido de la maldad, casi innata,...

Abordamos aquí el tema manido de la maldad, casi innata, atribuida a algunos condes de Luna:

Ya citamos, en las páginas anteriores del menú "HISTORIA", a los alcaides o señores de la fortaleza de Luna, al servicio de los reyes de Asturias, León y Castilla; así mismo intentamos plasmar los datos generales sobre la saga de los Quiñones - señores y condes de Luna. Y queremos ahora presentar algunos condes de Luna, más llevados y traídos en los relatos de los avatares de nuestra historía, como crueles, ambiciosos o traidores. ¿Han sido tan malos - lo peor - o los podemos situar en la historia que vivieron con cierta dignidad?

Las críticas se centran - dejando a parte las andanzas y pretensiones de los SEÑORES de Luna siendo merinos en Asturias y León - en dos personajes: El fundador de la dinastía de condes de Luna, D. Diego Fernández de Quiñones, con sus pretensiones de dominio sobre gran parte de la merindad de Asturias; y D. Francisco Fernández de Quiñones - tercer conde de Luna - con su pretendida cesión a las pretensiones recaudatorias del emperador en las cortes de Santiago-Coruña de 1520, y también, en su conducta anticomunera, frente a los Guzmanes.

DIEGO FERNÁNDEZ DE QUIÑONES,
PRIMER CONDE DE LUNA:
Su fama de déspota, ambicioso y cruel:
Los "Fernández de Quiñones", originarios de Asturias, fueron señores del Castillo de Luna desde 1369, con el rey Enrique II.

En octubre de 1369 Enrique II concede los terrenos de Cangas, Allande y Tineo al merino mayor de Asturias, Pedro Suárez de Quiñones, siendo devueltos dichos territorios a la corona nuevamente en tiempos de Enrique III, aunque siguieron siendo un objetivo para los Quiñones...

En 1402 Enrique III concedió a Diego Fdez. de Quiñones, señor de Luna, "El de la Buena Suerte", la merindad de Asturias. Hijo suyo fue el también señor de Luna, Pedro Suárez de Quiñones, que construyó la Torre de Ordás. Además también fue hijo suyo D. Suero de Quiñones, el caballero de las justas del Paso Honroso (1409-1458). Continuaron ambos señores de Luna con sus pretensiones, sus tropelías e imposiciones en varias villas asturianas. Y parece que a la acción de estos señores de Luna se debe gran parte de la fama que luego heredará especialmente el primer conde de Luna.

En 1466 Enrique IV nombró conde de Luna a D. Diego Fernández de Quiñones, hijo del señor de Luna, Pedro Suárez de Quiñones. Había heredado el señorío de Luna, era además merino mayor (NOTA 1) de Asturia, y había heredado Cangas, Tineo, Allande y Ribadesella. Y este primer conde de Luna, tras "someter" a Asturias (Esto, que tan mal suena hoy, se reducía a someter a ciertos nobles que se habían levantado en armas contra el merino y el rey; pero que no pretendían, en modo alguno, mejorar la situación del pueblo, sino cobrar ellos los tributos, no el rey) - acompañado de Ares de Omaña - recuperó, para sí, Cangas, Tineo y Allande. Y tomó, tras incendiarla, la villa de Ribadesella.

Tal vez la mala fama del primer conde de Luna se deba a que se le confunde con su abuelo, señor de Luna, que tenía su mismo nombre y apellidos. De otro modo, sus hechos de armas contundentes, para restablecer la autoridad y el orden ante pretensiones de otros señores o caudillos, serían la causa de la fama de déspota de que goza - este conde de Luna - especialmente en las páginas web de algunas de esas villas. Pero con "mirada histórica" - que no es justificación moral... - él actuaba como merino mayor fiel a la ley y al rey, frente a los intereses de los señores, caciques, dominadores de villas y ciudades, etc., etc., pero no frente a los verdaderos intereses del pueblo. Eso es lo que en aquellas estructuras sociopolíticas se creía justo...

Tal vez el testamento del primer conde nos ayude a ver su calidad humana:

El alegato está sacado sustancialmente de la ponencia de D. Rafael Sánchez Sesa

Diego Fernández de Quiñones, hijo de Pedro Suárez de Quiñones, quinto merino mayor de Asturias, señor de Luna y adelantado de León, fue designado por Enrique IV conde de Luna, a pesar de defender, durante la guerra civil la causa de los infantes Alfonso e Isabel. Modificó por dos veces, en el año 1491, su testamento ológrafo (fechado en Valladolid a 17 de abril de 1489) por temor a que su hijo mayor, Bernardino, impugnase su última voluntad para quedarse también con la parte de libre disposición (NOTA 2).

En su testamento deja como tutora de sus tres hijos menores, Gaspar - por el que sentía especial predilección - Antonio y Enrique, a su mujer doña Juana. Antonio recibe los Cilleros de Don Rodrigo, mientras que Enrique, futuro cardenal, obtiene Babia de Suso y de Yuso (León).

Manda ser enterrado (el conde de Luna) en la capilla mayor del convento franciscano de Benavides (León), que él había mandado construir y que estaba bajo el patronazgo de los condes, en una "sepultura de bulto de piedra e armado", es decir, con su escudo de armas.

El texto [ del testamento ] desprende cierta espiritualidad franciscana, muy presente en la familia Quiñones. No en vano su primogénito fue bautizado como Bernardino, en honor a San Bernardino de Siena; y su hijo Enrique será fraile franciscano. Téngase también en cuenta lo dicho sobre los escudos franciscanos del templo de Los Barrios de Luna.

El resto del textamento remite a los formularios habituales en la época (NOTA 3).

FRANCISCO FERNÁNDEZ DE QUIÑONES,
TERCER CONDE DE LUNA.
A) Con fama de venal, aprovechado y traidor al pueblo:
Era hijo de Bernardino Fernández de Quiñones, segundo conde de Luna, y de su esposa, Isabel Osorio, caracterizado por ser fuerte y administrar con dureza sus territorios.

Francisco Fernández de Quiñones, tercer conde de Luna, es conocido por su intervención en las Cortes de Santiago-La Coruña de 1520 y por su comportamiento ante la "guerra de los comuneros". Se le ha tachado de ser débil y ceder ante el Emperador contra los intereses de la ciudad, aunque esto lo decían los Guzmanes, su tío y primos, enemigos tradicionales de los Luna.

Las citadas Cortes generales fueron convocadas por Carlos I con la finalidad de recabar tributos, durante tres años, para pagar - entre otros - los gastos de su coronación como emperador, en Alemania. Pero algunas ciudades castellanas se resistieron a dar más tributos al rey Carlos I, aunque fuesen para ser coronado emperador. Y es que esas ciudades ya estaban pagando tributos, durante tres años, para sufragar los gastos de la venida del emperador a España, además de los muchos gastos del reino de Castilla (en las colonias de América, en Italia, en el norte de África, y en España...).