No nos examines, profe.
Para interés de los que desean saber lo que es un calecho, a continuación recojo un artículo de Dalmiro Fernández, publicado en el Boletín de la Asociación Cultural Omaña en 1991:
El CALECHO
Dalmiro Fernández Flórez
- Profesor, qué es el calecho?
Etimológicamente, no sabría responder. No tendrá algo que ver con el calor de los llares. De su sinónimo, filandón", sabemos que hace referencia al hilo, hilar: a la rueca y el huso, y a la tertulia popular, que tenía por fondo esa artesanía.
Pero sí puedo retrotraer el tiempo, 50 años atrás, a los pueblos de la montaña leonesa, al anochecer y a las noches de invierno.
Resuena en la calle el mimético clo-clo de las madreñas. Va diciendo, en clave, cómo está la
calle: peña, "reble", barro, tierra seca... Cada vecino conoce a su vecino, por el sonido de sus pisadas.
- Ahí va el tío Segundo. Empieza el calecho.
Ricardo, mi tío/abuelo, solterón de casa grande, con escudos de granito y "poyo" para montar a caballo, tenía privilegios. La comunidad lo reconocía libre de "hacendera"; pero él debía ofrecer al pueblo uno o dos calechos de gala en su enorme cocina de lumbre.
Ese día había indulto para los niños.
Los troncos de roble seco, chascan bajo las "pregancias"; y van transformándose en ascuas cuadriculadas. Los amplios escaños abatibles que podían hacer de mesa o de escritorio, están desplegados en forma de "C". Todos los asientos imaginables: tajuelos, el banco de la "mata", la masera tapada, las marcas, admiten grupos en racimo. El saco de castañas asturianas está abierto cerca del lar. Un mozo veterano cuelga el "tambor" en las cadenas, ese cilindro de hierro forjado, con agujeros, puerta de chaveta y "manija".
Empieza el magosto.
Gira y gira a su ritmo, volteando castañas, que estallan al bascular, con un mugido sordo, entre las palmas abiertas de las llamas.
- ¡Ya están!, grita el diestro operador.
Y un chorro denso y negruzco, de castañas descortezadas, va cayendo en las escudilla de
madera.
El equipo de recias mozas casaderas, se moviliza. Danzan inconscientes, un hermoso ballet, mientras organizan a los comensales. Del gran vasal del fregadero van llevando a cada uno su cazuela, su vaso, su plato... a gusto del consumidor. Hay quien toma las castañas migadas en leche. Una gran "zapica" nueva, recién ordeñada, invita a quienes la prefieren así, al natural, a disfrazarse de Papá Noei, con bigotes de espuma. Hay quien la prefiere "debura" y va al zaguán a descolgar una natera. Y la tía Elvira, quien preside hierático, desde su sillón de paja, de alto respaldo, sentencia en falsete:
- ¡A los niños, hervida!
Pero yace también, acostado como un animal doméstico, el pellejo de vino, sobre el arcón. La mayor parte de los hombres, moja siempre en tintorro de Valdevimbre.
- ¡Abrid la "colambre"!, es la voz del tío Ricardo, que, como anfitrión, no pierde detalle, para que todo salga como se debe.
Hay un revuelo alegre de cucharas de palo, ollas de cerámica de Pereruela, escudillas talladas a mano, junto a tanques con asa; de aluminio, o de porcelana desmochado. Algo de los lejanos hombres de Covadonga, que se cobijaban juntos al socaire, por estas montañas. También ahora, pared por medio, duerme la vacada. En algún silencio, f ue de programa, ase oye el golpe de una cadena contra el pesebre, o el resoplido que interrumpe el rumiar.
La rueca, por estos años, sólo algunas veteranas de la tribu saben manejarla bien. Los copos de lana- blancos o negros- son entre sus dedos como caolín en las del alfarero. El grumo vaporoso se va convirtiendo en hilo y en madeja, aspada en torno al huso de fresno, como una extraña mazorca.
Aparte el resplandor de la lumbre, dos "carburos", colocados en diagonal, esclarecen la oscura cocina. Y al mismo tiempo, decoran el fondo con sus lancetas de luz, como diminutas hojas de olivo incandescentes. Y dan a ese retablo navideño, contraluces azul y plata. Y un olor acre evoca en los pequeños leyendas de mineros.
Pase el invierno siguiente en el Valle del Silencio, en un pueblo berciano. Bajo la Guiana nevada y las ruinas románticas de monasterios medievales, derruídos. Allí comprobé que la fábula "Cuentan de un sabio que un día...," es verdad. Allí vi alumbrar las viejas cocinas, con ramas secas y peladas, de brezo. Entrelazadas en las pregancias, las iban reponiendo, al agotarse, como carbones vegetales de un arco voltaico.
Ante mi mirada atónita, el dueño me dijo: - ¡Son "aguzos"!
Esto, más o menos, es el calecho...
Un grupo humano que se va diversificando, por ósmosis, según corren las horas. En un rincón, la timba del tute. Los niños y los viejos - dos veces niños - se acercan al fuego y lo miran con asombro. Las mujeres simultanean labores y chismes. Los jóvenes van quedando en la periferia, y de vez en cuando una voz femenina lanza un grito hipócrita. 0 sale a relucir el "cuento" de turno, el chiste del gracioso o del que trata de escandalizar. Se pasa revista a las cacerías y la pesca clandestina.
- ¡Ah, pues una vez...
Fuera sigue nevando.
Año hubo en que los lobos bajan a la puerta y se llevan el perro que no anduvo listo para meterse con su amo. Pero salen los mozos, a caballo, con más perros y armas, y le dan alcance, y obligan a que suelte su presa, antes de llegar a la espesura del "bidolar".
Este invierno-50 años después - hemos intentando resucitar el calecho en un pueblo de Omaña. Los que viven y trabajan en Asturias, trajeron las castañas. Las zagalas del pueblo, adecentaron la cocina de antaño, y hasta adornaron un hermoso árbol de Noel. Pero las gentes de mi niñez se han vuelto recelosas. Piensan que por cada uno de los tambores auténticos que se conservan, les van a dar, el oro del moro". Por fin un viejo, oriundo de Cornombre, se avino a rehacer el viejo rito, pero haciéndolo él.
Y ¡qué cierto es que "cada maestrillo, tiene su librillo"! Este pidió unas hojas tiernas de berza. Y sobre ellas iba dejando caer suavemente, cada tanda de castañas. Y explicaba que así quedaban mucho más esponjadas y apetitosas.
i Nobles tradiciones y costumbres perdidas ¡
El CALECHO
Dalmiro Fernández Flórez
- Profesor, qué es el calecho?
Etimológicamente, no sabría responder. No tendrá algo que ver con el calor de los llares. De su sinónimo, filandón", sabemos que hace referencia al hilo, hilar: a la rueca y el huso, y a la tertulia popular, que tenía por fondo esa artesanía.
Pero sí puedo retrotraer el tiempo, 50 años atrás, a los pueblos de la montaña leonesa, al anochecer y a las noches de invierno.
Resuena en la calle el mimético clo-clo de las madreñas. Va diciendo, en clave, cómo está la
calle: peña, "reble", barro, tierra seca... Cada vecino conoce a su vecino, por el sonido de sus pisadas.
- Ahí va el tío Segundo. Empieza el calecho.
Ricardo, mi tío/abuelo, solterón de casa grande, con escudos de granito y "poyo" para montar a caballo, tenía privilegios. La comunidad lo reconocía libre de "hacendera"; pero él debía ofrecer al pueblo uno o dos calechos de gala en su enorme cocina de lumbre.
Ese día había indulto para los niños.
Los troncos de roble seco, chascan bajo las "pregancias"; y van transformándose en ascuas cuadriculadas. Los amplios escaños abatibles que podían hacer de mesa o de escritorio, están desplegados en forma de "C". Todos los asientos imaginables: tajuelos, el banco de la "mata", la masera tapada, las marcas, admiten grupos en racimo. El saco de castañas asturianas está abierto cerca del lar. Un mozo veterano cuelga el "tambor" en las cadenas, ese cilindro de hierro forjado, con agujeros, puerta de chaveta y "manija".
Empieza el magosto.
Gira y gira a su ritmo, volteando castañas, que estallan al bascular, con un mugido sordo, entre las palmas abiertas de las llamas.
- ¡Ya están!, grita el diestro operador.
Y un chorro denso y negruzco, de castañas descortezadas, va cayendo en las escudilla de
madera.
El equipo de recias mozas casaderas, se moviliza. Danzan inconscientes, un hermoso ballet, mientras organizan a los comensales. Del gran vasal del fregadero van llevando a cada uno su cazuela, su vaso, su plato... a gusto del consumidor. Hay quien toma las castañas migadas en leche. Una gran "zapica" nueva, recién ordeñada, invita a quienes la prefieren así, al natural, a disfrazarse de Papá Noei, con bigotes de espuma. Hay quien la prefiere "debura" y va al zaguán a descolgar una natera. Y la tía Elvira, quien preside hierático, desde su sillón de paja, de alto respaldo, sentencia en falsete:
- ¡A los niños, hervida!
Pero yace también, acostado como un animal doméstico, el pellejo de vino, sobre el arcón. La mayor parte de los hombres, moja siempre en tintorro de Valdevimbre.
- ¡Abrid la "colambre"!, es la voz del tío Ricardo, que, como anfitrión, no pierde detalle, para que todo salga como se debe.
Hay un revuelo alegre de cucharas de palo, ollas de cerámica de Pereruela, escudillas talladas a mano, junto a tanques con asa; de aluminio, o de porcelana desmochado. Algo de los lejanos hombres de Covadonga, que se cobijaban juntos al socaire, por estas montañas. También ahora, pared por medio, duerme la vacada. En algún silencio, f ue de programa, ase oye el golpe de una cadena contra el pesebre, o el resoplido que interrumpe el rumiar.
La rueca, por estos años, sólo algunas veteranas de la tribu saben manejarla bien. Los copos de lana- blancos o negros- son entre sus dedos como caolín en las del alfarero. El grumo vaporoso se va convirtiendo en hilo y en madeja, aspada en torno al huso de fresno, como una extraña mazorca.
Aparte el resplandor de la lumbre, dos "carburos", colocados en diagonal, esclarecen la oscura cocina. Y al mismo tiempo, decoran el fondo con sus lancetas de luz, como diminutas hojas de olivo incandescentes. Y dan a ese retablo navideño, contraluces azul y plata. Y un olor acre evoca en los pequeños leyendas de mineros.
Pase el invierno siguiente en el Valle del Silencio, en un pueblo berciano. Bajo la Guiana nevada y las ruinas románticas de monasterios medievales, derruídos. Allí comprobé que la fábula "Cuentan de un sabio que un día...," es verdad. Allí vi alumbrar las viejas cocinas, con ramas secas y peladas, de brezo. Entrelazadas en las pregancias, las iban reponiendo, al agotarse, como carbones vegetales de un arco voltaico.
Ante mi mirada atónita, el dueño me dijo: - ¡Son "aguzos"!
Esto, más o menos, es el calecho...
Un grupo humano que se va diversificando, por ósmosis, según corren las horas. En un rincón, la timba del tute. Los niños y los viejos - dos veces niños - se acercan al fuego y lo miran con asombro. Las mujeres simultanean labores y chismes. Los jóvenes van quedando en la periferia, y de vez en cuando una voz femenina lanza un grito hipócrita. 0 sale a relucir el "cuento" de turno, el chiste del gracioso o del que trata de escandalizar. Se pasa revista a las cacerías y la pesca clandestina.
- ¡Ah, pues una vez...
Fuera sigue nevando.
Año hubo en que los lobos bajan a la puerta y se llevan el perro que no anduvo listo para meterse con su amo. Pero salen los mozos, a caballo, con más perros y armas, y le dan alcance, y obligan a que suelte su presa, antes de llegar a la espesura del "bidolar".
Este invierno-50 años después - hemos intentando resucitar el calecho en un pueblo de Omaña. Los que viven y trabajan en Asturias, trajeron las castañas. Las zagalas del pueblo, adecentaron la cocina de antaño, y hasta adornaron un hermoso árbol de Noel. Pero las gentes de mi niñez se han vuelto recelosas. Piensan que por cada uno de los tambores auténticos que se conservan, les van a dar, el oro del moro". Por fin un viejo, oriundo de Cornombre, se avino a rehacer el viejo rito, pero haciéndolo él.
Y ¡qué cierto es que "cada maestrillo, tiene su librillo"! Este pidió unas hojas tiernas de berza. Y sobre ellas iba dejando caer suavemente, cada tanda de castañas. Y explicaba que así quedaban mucho más esponjadas y apetitosas.
i Nobles tradiciones y costumbres perdidas ¡