Todo iba normal. Comí y como un viejecito me quedé viendo el tiempo en la tele, mientras mis ojos se cerraron por cierto sopor de la comida y quizás también por no haber dormido la noche pasada en condiciones. Sonó primeramente mi teléfono fijo, pero ese sueño fiel y dulce se agarró a mí como una lapa y no deseaba soltarme. Una vez cesó, la llamada se pasó al móvil hasta que cierto número "desconocido" y bastante lejano, no quiso dejarme con la duda y descolgué: que voz tan dulce, que ánimos me daba y que cercana y amena, con lo lejos que estaba. Era otro gran regalo de este Calecho que me dijo muy claro: estoy aquí, mis mejores deseos para tí y para los tuyos. Mi sorpresa y mi emoción son grandes y por eso yo deseo ahora compartirlas con tod@s vosotr@s. Esa voz es de aquí, es muy nuestra y siempre lo será. Mil gracias, preciosa. Nosotros también te queremos y mucho, porque tú, tú si que te haces querer.