Volar. Y ver la tierra desde lejos, con sus mares redondos, los vapores que velan los
valles y las junglas. Verla casi vacía, cada
casa una luz, casi una estrella, o un brillo de cigarro que calienta con su brasa naranja distancias minerales, o uno de esos
insectos que pasean su caprichosa lámpara verdosa bajo los escondrijos de la hierba
nocturna.
Volar. Y ver qué poco significa una ciudad varada en una costa; apenas una mancha más oscura, un resto ennegrecido de cubierta de
barco. Es como verla
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