Entre visillos de lino blanco y barrotes de hierro verde,
Villusto despierta con una poesía hecha desayuno. Sobre la mesa aguardan la cafetera italiana lista para perfumar el aire, el calor de la hogaza con su tomate fresco y el dulce ámbar de las mermeladas caseras. Al otro lado de la
ventana, la tranquila
Plaza Mayor regala una estampa de quietud y contemplación, donde el tiempo parece detenerse para saborear cada instante.