Cualquier desperdicio de comida de las personas, las mondas de las patatas y otras sobras, iban a parar al cubo de la comida de los cerdos o del perro. Los cerdos eran un eslabón importante en el reaprovechamiento de los desperdicios de la casa. Incluso de los desperdicios ajenos. Si al pasar por delante de casa una caballería nos dejaba la ofrenda de sus perfectos ovoides, gritábamos “ ¡caballunas!” y alguien salía corriendo a por una lata dedicada a este menester y, ayudándose con un palito, metía ... (ver texto completo)
Los huesos que no se comía el perro se guardaban y los utilizaba la abuela, junto con desperdicios de grasa y algo de sosa cáustica, para hacer una pasta que volcaba en un bastidor de madera y que, cortada en bloques, se transformaba en un jabón áspero, pero eficaz, que las mujeres usaban para lavar la ropa en el río. Las alas de las gallinas que nos comíamos en pepitoria, provistas de todas sus plumas, se usaban como escobilla en el horno de cocer el pan para eliminar la ceniza más fina.
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