Efectivamente esta era la Casa de Tía Rufina. Además de ser “tía” para todos, pues como ya comente en otra ocasión, en Horcajuelo, el trato por excelencia era éste, y los forasteros se pensaban que éramos todos familia. Tía Rufina era mía por consanguinidad, y, además y sobre todo era mi Madrina. Toda ella era bondad. Era pequeñita y su corazón tan grande casi no le cabía. Todos los años el día 6 de Enero por la mañana allí me tenía aquella cajita redonda de anguila de mazapán. ¡Con cuanto cariño ... (ver texto completo)