Tras la derrota de Muret, que supuso la pérdida del imperio transpirenaico aragonés, los templarios se convirtieron en custodios del heredero a la corona en el
castillo de Monzón. Este, Jaime I el Conquistador, contaría con apoyo templario en sus campañas en
Mallorca (donde recibirían un tercio de la ciudad, así como otras concesiones en ella), y en
Valencia (donde de nuevo recibieron un tercio de la ciudad).