Crecí al lado de un hombre que amaba este árbol. No serían muchos los que poseía pero, los que fueran, estaban mimados por las rudas manos de mi abuelo. Eran rudas sí, pero sabían cómo acariciar sus leñosas ramas. Cuando el paso de los años le impidió seguir con la dura tarea de trabajar el campo, llegó a un acuerdo con quien arrendó sus tierras... "Sólo te las arriendo si me juras no abandonar las olivas... no me des nada por ellas, pero cuídalas".
En su honor, el primer árbol que se plantó en ... (ver texto completo)
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