Cuando dijo esto dos enormes gatos negros salieron dando un tremendo salto y se sentaron cada uno a un lado del joven. Los gatos lo observaban con mirada fiera y salvaje. Al poco, cuando entraron en calor, dijeron: -Camarada, juguemos a las cartas.
- ¿Por qué no? -contestó el chico-. Pero primero enseñadme vuestras zarpas.
Hacia medianoche estaba atizando el fuego, y mientras le soplaba, algo gritó de repente desde una esquina: -Miau, miau. Tenemos frío.
-Tontos, -respondió él- por qué os quejáis. Si tenéis frío venid a sentaros junto al fuego y calentaros.
El rey le observó y como el joven le agradaba le dijo: -Puedes pedir tres cosas para llevarlas contigo al castillo, pero han de ser tres objetos inanimados.
Entonces el chico contestó: -Pues quiero un fuego, un torno y una tabla para cortar con el cuchillo -el rey hizo llevar esas cosas al castillo durante el día. Cuando se acercaba la noche, el joven fue al castillo y encendió un brillante fuego en una de las salas, puso la tabla y el cuchillo a su lado y se sentó junto al torno. -Si pudiera tener ... (ver texto completo)
Cállate, -dijo la posadera- muchos entrometidos ya han perdido su vida, sería una pena y una lástima si unos ojos tan bonitos no volviesen a ver la luz del día.
Pero el muchacho dijo: -No importa lo difícil que sea, aprenderé. Es por eso que he viajado tan lejos -y no dejó en paz al posadero hasta que al final le contó que no lejos de allí se levantaba un castillo encantado donde cualquiera podría aprender con facilidad lo que era tener miedo, si podía permanecer allí durante tres noches. El rey ... (ver texto completo)
-Deja de decir tonterías -dijo el carretero-. Vamos, ven conmigo y encontraré un sitio para ti.
El joven fue con el carretero y al atardecer llegaron a una posada donde pararon a pasar la noche. A la entrada del salón el joven dijo en alto: -Si pudiera temer...
El posadero lo escuchó y riendo dijo: -Si eso es lo que quiere puede que aquí encuentres una buena oportunidad.
Un carretero que andaba a grandes zancadas tras él lo escuchó y le preguntó: - ¿Quién eres?
-No lo sé -respondió el joven.
Entonces el carretero preguntó: - ¿De donde eres?
-No lo sé -respondió el muchacho.
- ¿Quién es tu padre? -insistió.
-No puedo decírtelo -respondió el chico.
- ¿Qué es eso que estás siempre murmurando entre dientes? -preguntó el carretero.
-Ah, -respondió el joven- me gustaría aprender a tener miedo, pero nadie puede enseñarme.
El hombre, viendo que ese día no iba a conseguir las cincuenta monedas, se alejó diciendo: -Nunca me había encontrado con un joven así.
El joven continuó su camino y una vez más comenzó a mascullar: -Si pudiera tener miedo...
-No, -contestó el muchacho- ¿cómo quiere que lo sepa si esos tipos de ahí arriba no han abierto la boca?, y son tan estúpidos que dejan que los pocos y viejos harapos que llevan encima se quemen.
Eso hizo que el joven se enfadara, y dijo: -Si no queréis tener cuidado, no puedo ayudaros, no me quemaré con vosotros -y volvió a subirlos a todos a su sitio. Después se sentó junto al fuego y se quedó dormido. A la mañana siguiente el hombre vino para obtener sus cincuenta monedas, le dijo: -Bien, ahora sabes lo que es tener miedo.
Como le daban pena, levantó la escalera, subió y uno a uno los fue desatando y bajando. Entonces avivó el fuego y los dispuso a todos alrededor para que se calentasen. Pero estuvieron sentados sin moverse y el fuego prendió sus ropas. Así que el muchacho les dijo: -Tened cuidado u os subiré otra vez.
Los ahorcados no le escucharon y permanecieron en silencio dejando que sus harapos se quemaran.
Entonces el joven se fue el patíbulo, se sentó al lado y esperó hasta el atardecer. Como tenía frío encendió un fuego, pero a media noche el viento soplaba tan fuerte que a pesar del fuego no podía calentarse. Y como el viento hacía chocar a los ahorcados entre sí y se balanceaban de un lado para otro, pensó: "Si yo tiemblo aquí junto al fuego, cuánto frío deben estar sufriendo estos que están arriba".
-Si eso es todo lo que hay que hacer, es fácil -contestó el joven-. Pero si aprendo a tener miedo tan rápido, te daré mis cincuenta monedas. Vuelve mañana por la mañana temprano
Un hombre se acercó y escuchó el monólogo que mantenía el joven, y cuando habían caminado un poco más lejos, donde se veían los patíbulos, el hombre le dijo: -Mira, ahí está el árbol donde siete hombres se han casado con la hija del soguero, y ahora están a prendiendo a volar. Siéntate cerca del árbol y espera al anochecer, entonces aprenderás a tener miedo.
Así que al amanecer, el chico se metió las cincuenta monedas en el bolsillo y se alejó por el camino principal diciéndose continuamente: -Si pudiera tener miedo, si supiera lo que es temer...
-Padre, -respondió- escúchame. Soy inocente. Él estaba allí de pie en mitad de la noche como si fuese a hacer algo malo. No sabía quién era y le dije que hablara o se fuera tres veces.
- ¡Ah!-dijo el padre- sólo me traes disgustos. Vete de mi vista, no quiero verte más.
-Sí padre, como desees, pero espera a que sea de día. Entonces partiré para aprender lo que es tener miedo, y entonces aprenderé un oficio que me permita mantenerme.
-Aprende lo que quieras, -dijo el padre- me da igual. Aquí tienes ... (ver texto completo)