La mujer salió corriendo y encontró a su marido quejándose en la esquina con una pierna rota. Lo llevó abajo y luego llorando se apresuró a ver al padre del chico.
-Tu hijo, -gritaba ella- ha sido el causante de un desastre. Ha tirado a mi marido por las escaleras de forma que se ha roto una pierna. Llévate a ese inútil de nuestra casa.
El padre estaba aterrado y corrió a regañar al muchacho: - ¿Qué broma perversa es ésta?, el Demonio debe habértela metido en la cabeza.
- ¿Sabes donde está mi marido? Subió a la torre antes que tú.
-No lo sé -respondió el chico-. Pero alguien estaba de pie al otro lado del pozo de la torre, y como no me respondía ni se iba, lo tomé por un ladrón y lo tiré por las escaleras. Ve a ver si era él, sentiría que así fuese.
El sacristán pensó que era un farol así que no hizo ningún ruido y permaneció quieto como una estatua de piedra. Entonces el chico le avisó por tercera vez y como no sirvió de nada, se lanzó contra él y empujó al fantasma escaleras abajo. El "fantasma" rodó diez escalones y se quedó tirado en una esquina. Entonces el chico hizo sonar la campana, se fue a casa, y sin decir una palabra se fue a la cama y se durmió. La esposa del sacristán estuvo esperando a su marido un buen rato, pero no regresó. ... (ver texto completo)
- ¿Quién está ahí?-gritó el chico, pero la figura no respondió ni se movió.
-Responde, -gritó el chico- o vete. No se te ha perdido nada aquí por la noche.
El sacristán, sin embargo, continuó de pie inmóvil para que el chico pensara que era un fantasma. El chico gritó por segunda vez:
Pronto aprenderás lo que es tener miedo" pensaba el sacristán. Éste sin que el chico se diese cuenta, se le adelantó y subió a la torre. Cuando el chico estaba en lo alto de la torre y se dio la vuelta para coger la cuerda de la campana vio una figura blanca de pie en las escaleras al otro lado del pozo de la torre.
El padre estaba contento de enviar a su hijo con el sacristán por que pensaba que aquello serviría para entrenar al chico. Entonces el sacristán tomó al chico bajo su tutela en su casa y tenía que hacer sonar la campana de la iglesia. A los dos días el sacristán lo despertó a media noche, y lo hizo levantarse para ir a la torre de la iglesia y tocar la campana.
-Fíjate -le dijo el padre cuando le pregunté cómo iba a ganarse la vida me dijo que quería aprender a tener miedo.
-Si eso es todo. -respondió el sacristán- puede aprenderlo conmigo. Mándamelo y lo despabilaré pronto.
Poco después el sacristán fue a la casa de visita y el padre le expuso su problema, contándole que su hijo menor estaba tan retrasado en cualquier cosa que no sabía ni aprendía nada.
Ocurrió que el padre le dijo un día al muchacho:
-Escúchame con atención, te estás haciendo grande y fuerte, y debes aprender algo que te permita ganarte el pan.
-Bien padre, -respondió el joven- la verdad es que hay algo que quiero aprender, si se puede enseñar. Me gustaría aprender a tener miedo, no entiendo del todo lo que es eso.
El hermano mayor sonrió al escuchar aquello y pensó: "Dios santo, que cabeza de adoquín es este hermano mío. Nunca servirá para nada.
El padre suspiró y le respondió: ... (ver texto completo)
- ¡Me da miedo!
El chico se sentaba en una esquina y escuchaba como los demás, pero no podía imaginar lo que era tener miedo:
-Siempre dicen: "Me da miedo" o "Me causa pavor" -pensaba-. Esa debe ser una habilidad que no comprendo.
- ¡Oh no padre!, no iré, me causa pavor -ya que tenía miedo.
Cuando se contaban historias alrededor del fuego que ponían la carne de gallina, los oyentes algunas veces decían:
-Este chico dará problemas a su padre.
Cuando había que hacer algo, era siempre el hermano mayor el que tenía que hacerlo, pero si su padre le mandaba a traer algo cuando era tarde o en mitad de la noche, y el camino le conducía a través del cementerio o algún otro sombrío lugar, contestaba:
JUAN SIN MIEDO. Cuento de los hermanos Grimm
Había una vez un padre que tenía dos hijos, el mayor de los dos era listo y prudente, y podía hacer cualquier cosa. Pero el joven, era estúpido y no podía aprender ni entender nada, y cuando la gente lo veía pasar decían:
Pero esto no hizo cambiar su carácter y fue tan feliz siendo príncipe, como la había sido siendo un pobre zapatero.
Su anterior esposa, por la que había dejado de preocuparse, desapareció de su vida y obtuvo el castigo al que la condenó su insensata vanidad y su falta de sentimientos.
De este modo El Gran Diseñador, teje el tapiz de nuestra vida.
La hermosa princesa que era tan bonita como la luna en su décimo cuarta noche, estuvo de acuerdo con la elección de su padre, pues había visto a Ahmed de lejos y le había amado en secreto desde la primera vez que lo vio.
La rueda de la fortuna había dado una vuelta completa. Al amanecer, Ahmed estaba conversando con los ladrones, negociando con ellos y, para el crepúsculo, era el señor de un rico palacio y el esposo de una mujer joven, bonita y de alto rango, que lo adoraba.