— ¡Oh, lo que sea! ¡Lo que sea!
— ¿Tu anillo de plata?
— ¿Qué me darás si hilo toda esta paja y la convierto en oro para ti? —inquirió el hombrecillo.
Eloísa se sentía tan aliviada al volver a ver al hombrecillo, que casi no podía articular palabra.
— ¡No temas, aquí me tienes de nuevo!
— ¡Oh, qué voy a hacer! ¡Ojalá apareciera otra vez aquel maravilloso hombrecillo!
Eloísa estalló en llanto.
Al salir, atrancó la puerta tras él.
—Quiero que conviertas esta paja en oro antes del anochecer —dijo el rey.
A la mañana siguiente, la llevó a una habitación más espaciosa. En un rincón había un montón de paja más grande que el anterior, y junto a él la misma rueca.
—De nada. Encantado de poder servirte. —Y con esto, el curioso hombrecillo se esfumó en el aire. Al anochecer, cuando regresó el rey y vio el oro creyó que estaba soñando. Pero en vez de dar las gracias a la muchacha, se negó a dejarla volver a su casa y la mantuvo encerrada toda la noche.
Eloísa rió y le entregó su brazalete al hombrecillo, dándole las gracias repetidas veces.
Y el curioso hombrecillo saltó sobre el taburete y comenzó a hilar. A los pocos minutos había transformado todo el montón de paja en un centenar de bobinas de hilo de oro puro! —Ahora entrégame el brazalete.
— ¿Tu hermoso brazalete?
— ¡Oh, lo que sea! ¡Lo que sea!
—Eso déjalo de mi cuenta. ¿Qué recompensa me darás si hilo esta paja y la convierto en oro para ti?