¡Lo que sea! ¡Pero no me queda nada que tú pudieras desear!
— ¡Oh, lo que sea!
—No estés tan segura de ello… aquí me tienes otra vez. ¿Qué me darás si hilo toda esta paja y la transformo en oro para ti…, y tú te conviertes en reina?
—No tendré tanta suerte esta vez —se lamentó Eloísa— ¡El hombrecillo no volverá a presentarse!
—Si eres capaz de transformar todo esto en oro antes del anochecer, me casaré contigo —dijo el rey—. De lo contrario, te mantendré encerrada para siempre.
Con que a la mañana siguiente la condujo a la estancia más grande del palacio real. La paja amontonada casi alcanzaba el techo y en un rincón estaba la misma pequeña rueca.
Al anochecer, cuando el rey entró en la habitación, quedó entusiasmado al ver todo aquel oro. Tal era su afición por ese metal, que decidió no enviar a Eloísa a su casa hasta que la joven le hubiera convertido en el rey más rico del universo.
—De nada. Encantado de poder servirte. —Y con esto volvió a esfumarse.
—Era de mi madre, pero te lo entrego gustosa. —Y le dio las gracias mil veces.
—Ahora entrégame tu anillo de plata —dijo el enano, bajándose del taburete.
A las pocas horas había un millar de bobinas de hilo de oro puro apiladas contra la pared.
el curioso hombrecillo saltó sobre el taburete y se puso manos a la obra.
—Sí, sí, desde luego.
— ¿Tu anillo de plata?
Y el curioso hombrecillo saltó sobre el taburete y se puso manos a la obra.