— ¿Tu nombre?
—Lo suponía —dijo el enano despectivamente—. Así que te niegas a cumplir tu promesa. Pues tendrás que cumplirla… a menos que sepas adivinar mi nombre.
— ¡No! ¡No! ¡Toma lo que quieras, mi corona, mi palacio, lo que sea! ¡Pero mi hijo no!
—He venido por mi recompensa: tu primer hijo.
Pero un día que estaba sentada con él en brazos, el hombrecillo se presentó de improviso y dijo:
Eloísa se sentía tan feliz que muy pronto se olvidó del hombrecillo y de la promesa que le había hecho. Ni siquiera se acordó de él cuando dio a luz a su primer hijo.
Al cabo de una semana se celebró en palacio la suntuosa boda real.
¡Fantástico! ¡Tu padre estaba en lo cierto! ¡Me casaré contigo!
— ¡Asombroso!
Pero antes de que ella pudiera añadir una palabra más, el extraño ser desapareció… justo cuando el rey abría las inmensas puertas de la sala. Miró con satisfacción las balas de oro y exclamó:
-Yo… ¿Qué?
—Pronto lo estarás.
— ¡Pero si ni siquiera estoy casada! —protestó Eloísa.
—Y el hombrecillo saltó sobre el taburete y se puso a hilar más deprisa que nunca. Así y todo, el sol ya se ponía cuando él terminó su labor. El enorme montón de paja se había transformado en un centenar de balas de oro puro. Eloísa le dio las gracias repetidamente.
—Ya pensaré en algo.