Cuando al día siguiente se presentó el hombrecillo, llevaba un cesto para meter en él al príncipe.
La reina no cabía en sí de gozo. Le entregó al mensajero un anillo de oro que se quitó del dedo y le dio las gracias.
¡Mi nombre es muy raro: Rumpelstiltskin!
Esta apuesta no la voy a perder.
Adivina, adivinanza, majestad; mañana me llevaré a tu hijo.
—He recorrido todo el reino de punta a punta, majestad —dijo—. He solicitado ayuda a brujas y hechiceros. Pero todo fue inútil. Al fin, estaba tan agotado que me tumbé a dormir en una ladera. Cuando me desperté vi el resplandor de -un fuego a través de los árboles, y al acercarme sigilosamente, vi a un hombrecillo la mar de raro bailando en torno a una hoguera. Recitaba sin cesar:
En esto llamaron a la puerta y entró el mensajero, que volvía de la misión que le había encomendado la reina.
La reina estaba desesperada. ¿Qué podía hacer?
—Nada de eso. ¡Frío, frío! —rió el hombrecillo. Y tras dos horas de adivinanzas, dijo—: Ya puedes espabilarte mañana. Será mi última visita.
Al día siguiente, la reina trató de pensar en todos los nombres más absurdos que podría usar un enano. Y cuando éste se presentó ante ella, le preguntó: — ¿Te llamas acaso Paticojo, o Cojitranco, o Barbas Negras, o Zancarrón, o…?
— ¡No, no, no! ¡Te equivocas de medio a medio! —Después que la reina se pasó una hora recitando nombres, el hombrecillo desapareció.
— ¿Te llamas Gumersindo? ¿Baltasar? ¿Saturnino? ¿Toribio? ¿Quizá Segismundo, o Agapito, o Cucufate, o Eudaldo…?
La desafortunada reina mandó que su mensajero más fiel redactara una lista con todos los nombres menos frecuentes del reino, y ella misma se dedicó a leer todos los libros que había en la biblioteca real. Cuando el hombrecillo volvió a presentarse de improviso en el cuarto de estar de la reina, ésta le preguntó:
Y diciendo esto, desapareció antes de que ella pudiera añadir otra palabra.
—Mi nombre. Puedes intentarlo tantas veces como quieras. Pero si no has conseguido adivinar mi nombre en el plazo de tres días, me llevaré a tu hijo.