Llegó la estación de las lluvias y Hangu, con una olla llena de semillas, se dispuso a sembrar su terreno. Pero en cuanto comenzó a sembrar oyó de nuevo la voz del rey de los ecos:
Los ecos se pusieron a trabajar con ahínco y, poco después de los rastrojos sólo quedaba un montón de cenizas y el terreno estaba bien abonado.
“Es un verdadero placer trabajar con ayudantes como éstos”, pensó Hangu muy contento y volvió a casa.
- ¿Quién anda ahí?
Era otra vez el rey de los ecos.
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-Quemo los rastrojos: con las cenizas abonaré el terreno.
-Muy bien, quiero ayudarte –dijo el rey y envió a trescientos ecos para que ayudasen a Hangu.
Más tarde, cuando los rastrojos se secaron por completo, Hangu se dirigió de nuevo al bosque para quemarlos y abonar el terreno con las cenizas. Acababa de encender el fuego cuando resonó una voz:
- ¿Quién anda ahí?
Era la voz del rey de los ecos.
-Soy yo, Hangu.
- ¿Y qué estás haciendo?
-Quiero quitar las malezas.
-Muy bien, te ayudaré –dijo el rey y ordenó a cien de sus súbditos, los ecos, que acudiesen a ayudar a Hangu.
EL REY DE LOS ECOS

Un hombre llamado Hangu se fue al bosque con la intención de limpiar de malezas una parte del terreno y poder sembrar en él. Apenas comenzado su trabajo, resonó una voz salida de la espesura:
Que pena, este año no puedo estar en las Hogueras de San Juán.
A veces, cuando la noche era clara y brillaban las estrellas en el firmamento, volvía al árbol a escuchar su conversación con los espíritus. Pero nunca más pudo oír lo que decían.
Una noche, cuando los espíritus del árbol conversaban con las estrellas, el muchacho empezó a sentir añoranza de sus padres y de la vida en la aldea. Como los espíritus del árbol no le hacían el menor caso, pidió suavemente al árbol que se volviera a hacer pequeño, para poder bajar e irse a casa. De inmediato tuvo el suelo a su alcance, y un minuto después estaba junto a sus padres, que lo recibieron como quien ve a un fantasma, pues le creían muerto.
El muchacho nunca olvidó el tiempo que pasó ... (ver texto completo)
Entre las ramas, el muchacho perdió la noción del tiempo, pues estuvo allí durante meses, e incluso años, escuchando los espíritus del árbol. Por la noche, los espíritus hablaban con las estrellas del oscuro cielo. Los espíritus del árbol se expresaban mediante silbidos, y las estrellas, a su vez, respondían también con silbidos, contándole al árbol cuáles eran sus nombres y sus leyendas.
Muy pronto, el muchacho aprendió a entender ese lenguaje, y supo los nombres de las estrellas, además de la ... (ver texto completo)
Corrió hasta un árbol cercano y trepó por sus ramas.
-Protégeme, abuelo árbol –suplicó.
Y el árbol, que era también la casa de los espíritus, lo escuchó y lo ayudó. Mientras el muchacho trepaba por las ramas, el árbol creció y creció hasta que su copa quedó muy lejos del suelo, llegando tan alto que todos los demás árboles del bosque parecían una alfombra de musgo a sus pies.
- ¡Aaah! –gritó-. ¡Que me quemo!
Fue entonces cuando ocurrió algo extraño, muy extraño. Es posible que aquel fuera un pez mágico, o quizá los rescoldos del fuego estaban encantados; eso nadie lo sabe.
Pero unos sonidos misteriosos comenzaron a difundir su eco por el bosque. Parecía como si al tirar el pez por los aires, el muchacho hubiera despertado a una extraña fuerza que intentaba comunicarse con él.
Ya está –dijo cuando la piel empezó a cambiar de color por las llamas; pero su padre estaba tan absorto pescando, que le respondió que esperase.
- ¡Ven, corre! –gritó de nuevo el muchacho- ¡Se está quemando!
Pero el padre no le prestó atención. Estaba tratando de pescar otro gran pez, y tenía toda la atención puesta en su tarea, como sólo lo hacen los pescadores de vocación.
El muchacho decidió entonces hacerse cargo de la situación y sacar el pescado del fuego. Lo hizo, pero estaba tan caliente ... (ver texto completo)
El padre continuó pescando, mientras el muchacho miraba como se asaba la gran raya que había pescado.
Cuento Birria
El pez mágico

Había una vez un indio que llevó a pescar a su hijo, el cual sacó de las aguas un enorme pez. Cuando lo vio, el muchacho sintió un hambre voraz y le pidió a su padre que lo cocinase. El hombre quería seguir pescando, pero hizo un fuego y puso el pescado sobre las llamas, para que se asara.
-Tú mira el pescado, y avísame cuando se dore –dijo-. Yo vendré a sacarlo del fuego y nos lo comeremos.