Signy, que había oído hablar de la desaparición del hijo del rey, decidió buscarlo por su cuenta. Les pidió a sus padres que le regalaran unos zapatos nuevos y alimento para algunos días. Cuando le dieron lo que pedía, marchó en busca del príncipe Hlini.
Después de caminar durante todo el día, la muchacha llegó a una cueva en la que había dos camas. Una estaba cubierta por una manta confeccionada con hilos de plata, y la otra por una manta hecha de hilos de oro.
La desesperación hizo que el rey enfermara de los nervios, y los médicos le recomendaron que guardara reposo durante unos días. Pero antes de hacerlo, anunció públicamente que recompensaría a quien encontrara a su hijo y lo llevaran de regreso a casa.
Cuando el rey supo lo ocurrido, decidió que todo el pueblo debía participar en la búsqueda del príncipe. Así, durante tres días, todo el mundo se dedicó a buscar al hijo del rey, sin éxito alguno.
En el camino de vuelta se encontraron envueltos en una niebla muy espesa y, sin darse cuenta, el hijo del rey se separó de sus acompañantes. Los hombres de la guardia real lo buscaron durante muchas horas, pero no lo encontraron y tuvieron que regresar sin él.
Las camas voladoras. Cuento islandés.

Había una vez un rey y una reina que tenían un hijo llamado Hlini, un muchacho fuerte y juicioso. En una cabaña cercana al palacio real vivía una pareja de ancianos que tenían una hija llamada Signy.
Un buen día, el hijo del rey fue al bosque de cacería, acompañado de sus hombres. Cuando hubieron capturado suficientes pájaros y otros animales, iniciaron el retorno al palacio.
-Ya lo creo que estaba –respondió divertido el muchacho.
- ¡Anda que debía de estar el diablo dentro de esa nuez! –dijo el herrero.
Entonces la nuez se hizo pedazos. El yunque se partió por la mitad y se escuchó un estruendo tan grande como si hubiese estallado toda la herrería.
Y exclamó:
- ¡A ver si logro cascarte!
Puso la nuez sobre el yunque y le dio un martillazo, pero la nuez no se rompió. Entonces cogió un martillo más grande, pero aquél tampoco era lo bastante fuerte. Escogió otro más grande, pero tampoco le sirvió de nada. Entonces, el herrero perdió la paciencia y la golpeó con todas sus fuerzas.
Después de haber andado un buen trecho, llegó a una fragua, entró y le pidió al herrero que hiciese el favor de partirle aquella nuez.
-Sí, desde luego, no me costará mucho trabajo –respondió el herrero cogiendo el más pequeño de sus martillos.
El diablo hizo lo que le pedía el jovenzuelo. Pero en cuanto se hubo introducido por el agujero hecho por un gusano, el muchacho lo tapó metiendo dentro un palito.
- ¡Ahora ya no te escapas! –exclamó metiéndose la nuez en el bolsillo.
- ¿Es verdad eso que dicen de que el diablo puede hacerse tan pequeño como quiera y pasar a través del agujero de una aguja? –le preguntó el muchacho.
-Es verdad –respondió el diablo.
-A ver, demuéstramelo y métete dentro de esta nuez –propuso el muchacho.
El muchacho y el diablo. Cuento danés.

Había una vez un muchacho que caminaba por un sendero cascando nueces. Acababa de cascar una cuando se encontró con el diablo.
El tonto del lobo hizo lo que le pedía la raposa y el cepo chasqueó y le apresó el hocico.
La raposa y la oveja aprovecharon la ocasión y escaparon a todo correr.