LA EDAD
La edad, la entiendo como una escala de valores. Pero también sé que la vivimos de manera muy variada según los diferentes tramos por los que pasamos. Con cada cumpleaños, se cumplen dos fases, una en la que aprendemos cosas positivas y cosas negativas, y la otra en la que parece que desaprendemos y olvidamos. Pero sea en modo de una fase o la otra, siempre es mejor cumplir que no cumplir.
Un día pasas del grupo de edad de 30-45 a pasar al de 45-65, y luego del de 65-80... y más.
Las palabras que ayudan a los descubrimientos de la vida: estudios, trabajo, amor, hipoteca, vacaciones, hijos, nietos. Empiezan a ser otras: «colesterol», «triglicéridos». Y un día recuerdas que tu infancia y juventud ya se encuentran más cerca del geriátrico que del colegio. Una realidad añadida es comprobar cómo nuestra vida se va convirtiendo en todo lo vivido.
Nuestra generación que fue adolescente sin internet y será mayor con IA, ha envejecido muy pronto. Y aquí es donde entra la pregunta vital: ¿Qué hemos hecho con nuestra vida? ¿Ha merecido la pena? ¿Podemos decir que han sido más los éxitos que los fracasos?
Es una pregunta que siempre desconcierta, porque la vida recuerda esos agradables momentos con amigos o con tu pareja, esos bailes de las fiestas populares, los bailes en las bodas que uno tiene que aprender sobre la marcha.
Pero quizás arroje más luz preguntarse qué hemos hecho de aquellas virtudes como la alegría, la amabilidad, la cordura, la confianza que nos dieron al venir al mundo y que poco a poco se van empequeñeciendo y perdiendo. Si nos paramos a pensar un momento, podemos decir sin equivocarnos que para llevar ese cierto tiempo en la vida no sabemos tanto de ella.
A los 50 años me pareció entender algunos de los secretos de la vida; a los 60 comencé a practicarlos; después de los 70 aún quedan muchos secretos por descifrar.
Quizá es que estamos llamados a hacer bien pocas cosas, y somos mediocres en las demás; o que la mayor parte de nuestros aciertos tienen que ver menos con lo que hemos hecho que con lo que hemos dejado de hacer. Y que, si por un lado está la melancolía tenue de lo que podía haber sido mejor, por otro hay un alivio al pensar en la posibilidad de que todo podría haber sido peor.
No sé quién dijo, que con la edad, las cosas no ocurren, sino que recurren. Para mí, los libros, una vez llegado a la jubilación, son una de esas recurrencias, y uno se da cuenta de que la literatura fue una buena inversión en una parte de nuestra juventud cuando nos lo permitía el trabajo, que tampoco era mucho ese tiempo, porque ayudaba a entender una de las partes de la vida que no es juventud. Ya, bien pasados los 70, me sirven de gran compañía y continúo aprendiendo de ellos.
Pues de alguna manera, vivir está bien, pero leer nos ayuda. Será porque leer no nos hace mejores, pero si algo más sabios.
¿Sabes cuál es la diferencia entre la escuela y la vida?
Que en la escuela primero aprendes una lección y luego te ponen una prueba.
En la vida, te mandan la prueba y luego aprendes la lección.
Paco.
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