Hola de nuevo Kastefa, buenas tardes.

Bueno, con vosotros he aprendido dos cosas. Una es la diferencia horaria entre Puerto Rico y España, que para vosotros será una nimiedad, pero para las que somos un poco ignorantillas, aprender cada día algo, por muy insignificante que les parezca a algunos, ya es muy importante para mí.
La segunda, y fíjate que "tontería", es que no sabía que al hecho de darte de baja, ser persona non grata, o "borrarte" de los foros de un plumazo como aquel que dice, se ... (ver texto completo)
Y no solamente se ayunta mucho Dios con el alma, sino ayúntase todo, y no todo sucediéndose unas partes a otras, sino todo junto y como de un golpe, y sin esperarse lo uno a lo otro. Lo que es al revés en el cuerpo, a quien sus bienes (los que él llama bienes) se le allegan despacio y repartidamente, y sucediéndose unas partes a otras, ahora una y después de ésta otra; y cuando goza de la segunda, ha perdido ya la primera.
Mas Dios, abrazado con nuestra alma, penetra por ella toda y se lanza a sí mismo por todos sus apartados secretos, hasta ayuntarse con su más íntimo ser, adonde, hecho como alma de ella y enlazado con ella, la abraza estrechísimamente. Por cuya causa, en muchos lugares la Escritura dice que mora Dios en el medio del corazón. Y David en el Salmo le compara al aceite que, puesto en la cabeza del Sacerdote, viene al cuello y se extiende a la barba y desciende corriendo por las vestiduras todas hasta los pies. Y en el libro de la Sabiduría, por esta misma razón, es comparado Dios a la niebla, que por todo penetra. ... (ver texto completo)
Y si esto es por ser Dios el que es, ¿qué será por razón del querer que nos tiene, y por el estrecho nudo de amor con que con los suyos se enlaza? Que si el bien presente y poseído deleita, cuanto más presente y más ayuntado estuviere, sin ninguna duda deleitará más. Pues ¿quién podrá decir la estrecheza no comparable de este ayuntamiento de Dios? No quiero decir lo que ahora he ya dicho, repitiendo las muchas y diversas maneras como se ayunta Dios con nuestros cuerpos y almas; mas digo que cuando ... (ver texto completo)
De manera que, por razón de ser Dios bien infinito, y bien que sobrepuja sin ninguna comparación a todos los bienes, se entiende que, en el alma que le posee, el deleite que hace es entre todos los deleites el mayor deleite, y, por razón de ser de nuestro último fin, se convence que jamás este deleite da en cara.
Y por esta misma razón, si, Juliano, no os desagrada (y según que ahora a la imaginación se me ofrece), en la sagrada Escritura este deleite que Dios en los suyos produce es llamado con nombres de avenida y de río, como cuando el Salmista decía que da de beber Dios a los suyos un río de deleite grandísimo. Porque en decirlo así, no solamente quiere decir que les dará Dios a los suyos grande abundancia de gozo, sino también nos dice y declara que ni tiene límite este gozo, ni menos es gozo que hasta ... (ver texto completo)
Y así como Vos en Vos no tenéis fin ni medida, así el deleite que nace de Vos en el alma que consigo os abraza dichosa, es deleite que no tiene fin, y que cuanto más crece es más dulce; y deleite en quien el deseo, sin recelo de caer en hartura, puede alargar la rienda cuanto quisiere; porque, como testificáis de vos mismo, «Quien bebiere de vuestra dulzura, cuanto más bebiere, tendrá de ella más sed.»
Mas vos, Señor, sois todo el bien nuestro y nuestro soberano fin verdadero. Y aunque sois el remedio de nuestras necesidades, y aunque hacéis llenos todos nuestros vacíos, para que os ame el alma mucho más que a sí misma, no le es necesario que padezca mengua, que Vos, por Vos merecéis todo lo que es el querer y el amor. Y cuanto el que os amare, Señor, estuviere más rico y más abastado de Vos, tanto os amará con más veras.
Porque si no hubiese hambre no sería deleite el comer, y en faltando ella falta él juntamente. Y así no tienen más bien de cuanto dura el mal para cuyo remedio se ordenan. Y, por la misma razón, no puede entregarse ninguno a ellos sin rienda; antes es necesario que los use, el que de ellos usar quisiere, con tasa, si le han de ser, conforme a como se nombran, deleites; porque lo son hasta llegar a un punto cierto, y, en pasando de él, no lo son.
Y por esta razón los deleites que nos dan estos bienes son deleites menguados y no puros: lo uno, porque se fundan en mengua y en necesidad y tristeza; y lo otro, porque no duran más de lo que ella dura; por donde siempre la traen junto a sí, y como mezclada consigo.
Que a los bienes del cuerpo, y casi a todos los demás bienes que el hombre apetece, apetécelos como a medios para conseguir algún fin, y como a remedios y medicinas de alguna falta o enfermedad que padece. Busca el manjar porque le atormenta el hambre; allega riquezas por salir de pobreza; sigue el son dulce, y vase en pos de lo proporcionado hermoso, porque sin esto padecen mengua el oído y la vista.
Bien lo sentía esto aquel que decía: « ¿Qué hay para mí en el cielo? Y fuera de Vos, Señor, ¿qué puedo desear en la tierra?» Porque si miramos lo que, Señor, sois en Vos, sois un océano infinito de bien, y el mayor de los que por acá se conocen y entienden, es una pequeña gota comparado con Vos, y es como una sombra vuestra oscura y ligera. Y si miramos lo que para nosotros sois y en nuestro respeto, sois el deseo del alma, el único paradero de nuestra vida, el propio y solo bien nuestro, para cuya ... (ver texto completo)
Mas cuando acerca de esto faltase todo lo que hasta ahora se ha dicho, para conocer que es verdad basta la ventaja sola que hace el bien de donde nacen estos espirituales deleites a los demás bienes que son cebo de los sentidos. Porque si la pintura hermosa presente a la vista deleita los ojos, y si los oídos se alegran con la suave armonía, y si el bien que hay en lo dulce o en lo sabroso o en lo blanco causa contentamiento en el tacto, y si otras cosas menores y menos dignas de ser nombradas pueden dar gusto al sentido, injuria será que se hace a Dios poner en cuestión si deleita, o qué tanto deleita al alma que se abraza con Él. ... (ver texto completo)
Así que, en lo bueno, antes que ello deleite, hay deleite; y eso mismo que va en busca del bien y que lo halla y le echa las manos, es ello en sí bien que deleita, y por un gozo se camina a otro gozo, por el contrario de lo que acontece en el deleite del cuerpo adonde los principios son intolerable trabajo, los fines, enfado y hastío, los frutos, dolor y arrepentimiento.
Como, al revés, todas las obras que el cuerpo hace, por donde consigue aquello con que se deleita el sentido, sean obras o no propias del hombre, o así toscas y viles que nadie las estimaría ni se alegraría con ellas por sí solas, si, o la necesidad pura o la costumbre dañada, no le forzase.
Porque las obras por cuya mano metemos a Dios en nuestra casa, que, puesto en ella, la hinche de gozo, son el contemplarle y el amarle, y el ocupar en Él nuestro pensamiento y deseo, con todo lo demás que es santidad y virtud. Las cuales obras, ellas en sí mismas, son, por una parte, tan propias de aquello que en nosotros verdaderamente es ser hombre, y por otras tan nobles en sí, que ellas mismas por sí, dejado aparte el bien que nos traen, que es Dios, deleitan al alma, que con sola su posesión ... (ver texto completo)