Otros vencimientos, gente ciega y miserable, y otros triunfos y libertad, y otros señoríos mayores y mejores son los que Dios os promete. Otro es su brazo y otra su fortaleza, muy diferente y muy más aventajada de lo que pensáis. Vosotros esperáis tierra que se consume y perece; y la escritura de Dios es promesa del cielo. Vosotros amáis y pedís libertad del cuerpo, y en vida abundante y pacífica, con la cual libertad se compadece servir el alma al pecado y al vicio; y de estos males, que son mortales, ... (ver texto completo)
Mesías fue de esa manera Ciro y Nabucodonosor y Artajerjes; o ¿qué le faltó para serlo? Mesías fue, si ser Mesías es eso, César el dictador y el grande Pompeyo; y Alejandro en esa manera fue, más que todos, Mesías. ¿Tan grande valentía es dar muerte a los mortales y derrocar los alcázares, que ellos de suyo se caen, que lo sea a Dios o conveniente o glorioso hacer para ello brazo tan fuerte, que por este hecho le llame su fortaleza? ¡Oh! Cómo es verdad aquello que en persona de Dios les dijo Isaías: «Cuanto se encumbra el cielo sobre la tierra, tanto mis pensamientos se diferencian y levantan sobre los vuestros.» Que son palabras que se me vienen luego a los ojos todas las veces que en este desatino pongo atención. ... (ver texto completo)
Gran donaire, o por mejor decir, ceguera lastimera es creer que los encarecimientos y amores de Dios habían de parar en armas y en banderas y en el estruendo de los tambores, y en castillos cercados y en muros batidos por tierra, y en el cuchillo, y en la sangre, y en el asalto y cautiverio de mil inocentes. ¡Y creer que el brazo de Dios, extendido y cercado de fortaleza invencible, que Dios promete en sus Letras, y de quien Él tanto en ellas se precia, era un descendiente de David, capitán esforzado, ... (ver texto completo)
-Pues ¿en qué juicio de hombres cabe o pudo caber -añadió Marcelo encontinente- pensar que lo que daba Dios y cada día lo da a gentes ajenas de sí y que viven sin ley, bárbaras y fieras y llenas de infidelidad y de vicios feísimos (digo el mando terreno y la victoria en la guerra, y la gloria y la nobleza del triunfo sobre todos o casi todos los hombres); pues quién pudo persuadirse que lo que da Dios a éstos, que son como sus esclavos, y que se lo da sin prometérselo y sin vendérselo con encarecimientos, y como si no les diese nada o les diese cosas de breve y de poco momento (como a la verdad lo son todas ellas en sí), eso mismo o su semejante a su pueblo escogido, y al que sólo (adorando ídolos todas las otras gentes), le conocía y servía, para dárselo, si se lo quería dar como los ciegos pensaron, se lo prometía tan encarecidamente y tan de atrás, enviándole casi cada siglo nueva promesa de ello por sus profetas, y se lo vendía tan caro y hacía tanto esperar, que el día de hoy, que es más de tres mil años después de la primera promesa, aún no está cumplido, ni vendrá a cumplimiento jamás, porque no es eso lo que Dios prometía? ... (ver texto completo)
-Ninguna de esas cosas hizo Dios con ellos -respondió Juliano-, y si de alguna de estas cosas, antes que fuesen, se hace mención en las Letras sagradas, como a la verdad se hace de algunas, hácese de paso y como de camino, y a fin de otro propósito.
-No le conocían -dijo Juliano- ni le adoraban.
-Decidme más -prosiguió diciendo Marcelo-: antes que Dios les hiciese esta merced, ¿prometió de hacérsela, o vendióles muchas palabras acerca de ello, o envióles muchos mensajeros, encareciéndoles la promesa por largos días y por diversas maneras?
Espero -dijo Juliano- dónde vais a parar.
-Presto lo veréis -dijo Marcelo-, pero decidme: esta grandeza de victorias e imperio que he dicho, ¿diósela Dios a los que he dicho, o ellos por sí y por sus fuerzas puras, sin orden ni ayuda de Él, la alcanzaron?
Y ya que callemos los príncipes guerreadores y victoriosos que florecieron en él, en los tiempos más vecinos al nuestro, notorios son los Scipiones, los Marcelos, los Marios, los Pompeyos, los Césares de los siglos antepasados, a cuyo valor y esfuerzo y felicidad fue muy pequeña la redondez de la tierra.
Y, por la misma manera, los romanos, que le sucedieron en el imperio y en la gloria de las armas, también vemos que, venciéndolo todo, crecieron hasta hacer que la tierra y su señorío tuviesen un mismo término. El cual señorío, aunque disminuido, y compuesto de partes (unas flacas y otras muy fuertes, como lo vio Daniel en los pies de la estatua), hasta hoy día persevera por tantas vueltas de siglos.
Concedió Juliano que era verdad.
-Pues no menos verdad es -dijo, prosiguiendo, Marcelo que las victorias de los griegos sobraron a éstos; y que el no vencido Alejandro con la espada en la mano y como un rayo, en brevísimo espacio, corrió todo el mundo, dejándole no menos espantado de sí que vencido; y, muerto él, sabemos que el trono de sus sucesores tuvo el cetro por largos años de toda Asia, y de mucha parte del África y de Europa.
-Así fue -respondió Juliano.
-Y los Medos y Persas que vinieron después -añadió luego Marcelo-, ¿no menearon también las armas asaz valerosamente y enseñorearon la tierra, y floreció entre ellos el esclarecido Ciro y el poderosísimo Jerjes?
-Así es verdad -dijo Marcelo-, mas también me decid: ¿los Asirios y los Babilonios fueron hombres señalados en armas, y hubo reyes belicosos y victoriosos entre ellos, y sujetaron a su imperio a todo, o a la mayor parte del mundo?
Lo mismo, aunque por diferentes maneras, dice en el capítulo sesenta y tres y sesenta y seis; y Joel dice lo mismo en el capítulo último; y Amós, profeta, también en el mismo capítulo; y en los capítulos cuatro y cinco y último lo repite Miqueas. Y ¿qué profeta hay que no celebre, cantando, en diversos lugares este capitán y victoria?
Y en el capítulo cuarenta y dos: «El Señor, como valiente, saldrá, y, como hombre de guerra, despertará su coraje; guerreará y levantará alarido; y esforzarse ha sobre sus enemigos.» Mas es nunca acabar.
Y cuando el mismo profeta introduce al Mesías, teñida la vestidura con sangre, y a ojos que se maravillan de ello y le preguntan la causa, dice que Él les responde: «Yo sólo he pisado un lagar; en mi ayuda no se halló gente; pisélos en mi ira y pateélos en mi indignación; y su sangre salpicó mis vestidos, y he ensuciado mis vestiduras todas.»