Sin embargo, su búsqueda dio resultado. Un buen día Pat vio a un hombrecillo —no mayor que su mano-sentado sobre un hongo, remendando un par de botas para las hadas. Pat se mordió los labios y se quedó muy quieto. “ ¡No le quitaré la vista de encima hasta que me haya convertido en el chico más rico de toda Irlanda!”