Arbol con luces navideñas
Proceden de arroyos muy densamente cubiertos de vegetación sumergida y palustre y se congregan en zonas oscurecidas por la fronda arbórea. Viven libres en los cursos fluviales de la India, Malasia, Ceylan, Tailandia, etc.
Panchax
Nombre: Aplocheilus panchax
Familia: Ciprinodóntidos.
Orden: Ciprinodontiformes.
Clase: Peces óseos
¿Que enfermedades puede tener?
Pueden contraer las afecciones más comunes de los peces 'tropicales' mantenidos en cautividad, y parecen especialmente sensibles al 'punto blanco', del que sanan tras los oportunos cuidados.
¿Como se reproduce?
El tanque de crí­a se cubre con una capa de bolas de vidrio, musgo de java y manojos de elodeas y ceratopteris, llenándole con agua procedente del general y agua nueva, mitad y mitad, que se mantendrá a 27-28º C. Comprobada la freza se retiran los adultos rebajando el nivel del lí­quido hasta una altura de 20 cm. Los alevines han de ser nutridos con infusorios y nauplius de artemia, creciendo rápidamente.
Alimentación
Aceptan comida seca del comercio en copos o escamas pero deben ser nutridos esencialmente con presas vivas acordes a su tamaño: dafnias, cyclops, tubilex, larvas de mosquitos y moscas de la fruta o del vinagre en estado larvario o de adulto.
Que cuidados necesita?
Distribución de presas vivas como alimento, mantenimiento de las constantes climáticas y de la nitidez del agua, que debe sifonarse parcialmente.
Carácter y comportamiento
Generalmente tranquilos cuando viven en grupos homogéneos, pueden, sin embargo, mostrarse hostiles y belicosos con otras especies de similar tamaño lo que aconseja mantenerlos en tanques dedicados a su propia especie.
Su casa
Un grupo de ocho o diez jóvenes palometas necesita al menos un recipiente de 90 a 120 litros de capacidad, pero los adultos precisan grandes tanques de más de 200 l.
Cuanto suele vivir?
Seis a ocho años, aunque se citan excepcionalmente registros mayores.
Viven libres en cardúmenes más o menos numerosos que habitan las aguas templadas de los rí­os tropicales de América del Sur, desde la Guayana hasta la cuenca del Paraná.
¿Como es?
Estos peces afines a los auténticos 'peces caribe' o 'pirañas', que pertenecen a los géneros Pygocentrus, Roosveltiella y Serraselmus, pueden adquirir un aspecto tan terrorí­fico como el de los feroces devoradores tropicales mundialmente famosos. Con una longitud máxima que no suele superar los 12-15 cm, estos carácidos tienen cuerpo de perfil casi circular, muy comprimido lateralmente. La cabeza, grande, presenta la mandí­bula inferior ancha y más prominente que la correspondiente superior. Los ojos muy grandes, circulares, tienen el iris ancho de color plateado, con visos metálicos. La aleta dorsal, de buena anchura, es algo más larga que la de los Serraselmus, con un viso rojizo, y la adiposa tiene forma suave, de tamaño reducido. El color dominante
es el gris plateado, que puede ser algo más oliváceo en el dorso, con manchas pardas circulares, pero que, en cualquier caso, dota al pez de un aspecto metálico inconfundible. No existe dimorfismo sexual visible a simple vista, aunque durante el perí­odo de celo las hembras parecen más gruesas y su perfil ventral puede ser algo diferente del que ostentan sus compañeros. ... (ver texto completo)
Palometa O Falsa Piraña De

Nombre: Metynnis sp.
Familia: Carácidos.
Orden: Cipriniformes.
Clase: Peces óseos
DÍA NOVENO

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Sobre la caridad con el prójimo

Esta caridad es de obligación; es un precepto divino que abarca otros. Todos saben que en el amor de Dios y del prójimo están comprendidos toda la ley y los profetas. Todo se condensa en ellos; todo se dirige ahí; y este amor tiene tanta fuerza y primacía que el que lo posee cumple las leyes de Dios, ya que todas se refieren a este amor, y este amor es el que nos hace hacer todo lo que Dios pide de nosotros. Pues bien, esto no se refiere únicamente al amor a Dios, sino a la caridad con el prójimo; esto es tan grande que el entendimiento humano no lo puede comprender; es menester que nos eleven las luces de lo alto para hacernos ver la altura y la profundidad, la anchura y la excelencia de este amor.

¿Cuál es su primer acto? ¿Qué produce en el corazón que está animado por ella? ¿Qué es lo que sale de él, y lo que no sale del corazón de un hombre que esta privado de ese amor y no tiene más que movimientos animales? Hacer a los demás lo que razonablemente querríamos que nos hicieran a nosotros; en esto consiste el quid (la clave) de la caridad.

¿Es verdad que yo le hago al prójimo lo que deseo de él? ¡Es un examen muy serio el que tenemos que hacer! Pero, ¿cuántos misioneros hay que tengan al menos esta disposición interior?

¡Dios mío! ¿Donde están? Se encontrarán muchos como yo que no se preocupan de dar a los demás lo que les gustaría recibir de ellos; y si no existe este afecto, no hay caridad; pues la caridad hace que le hagamos al prójimo el bien que con justicia se puede esperar de un amigo fiel.

El que tiene este afecto y este cariño al prójimo, ¿podrá hablar mal de él? ¿podrá hacer algo que le disguste? Si tiene estos sentimientos en el corazón, ¿podrá ver a su hermano y a su amigo sin demostrarle su amor?

De la abundancia del corazón habla la boca; de ordinario, las acciones exteriores son un testimonio de lo interior; los que tienen verdadera caridad por dentro, la demuestran por fuera. Es propio del fuego iluminar y calentar, y es propio del amor respetar y complacer a la persona amada.

¡Hemos sentido alguna vez cierta falta de estima y de afecto a algunas personas? ¿No nos hemos entretenido más o menos en pensar a veces contra ellas? Si es así, es que no tenemos esa caridad que expulsa los primeros sentimientos de menosprecio y la semilla de la antipatía; pues, si tuviéramos esa divina virtud, que es una participación del Sol de justicia, disiparía esos vahos de nuestra corrupción y nos haría ver lo que hay de bueno y de hermoso en nuestro prójimo, para honrarlo y quererlo.

El segundo acto de la caridad consiste en no contradecir a nadie. Estamos juntos; se habla de algo bueno; uno dice lo que le parece y otro le replica indiscretamente: «No es así; usted no me lo sabría demostrar». Hacer esto es herir al que contradecimos; si él no es humilde, querrá sostener su opinión, y ya está la discusión que acabará matando la caridad.

No ganaré nunca a mi hermano contradiciéndole, sino aceptando buenamente en nuestro Señor lo que él propone; quizás tenga razón, y yo no; él quiere contribuir a mantener una conversación amable, y yo me empeño en convertirla en disputa; lo que dice, lo dice en un sentido que, si yo lo supiese, lo aprobaría.

¡Fuera, pues la contradicción que divide los corazones! Evitémosla como una fiebre que quita la razón, como una peste que lleva consigo la desolación, como un demonio que destruye las más santas congregaciones; elevémonos a Dios con frecuencia, y sobre todo cuando tengamos ocasión de entrar en los sentimientos del otro, para que nos conceda la gracia de obrar así, en vez de contradecirles y entristecerlos; ellos dicen buenamente lo que piensan, aceptemos también nosotros buenamente lo que dicen. (Cf. Op. cit., nn. 928, 933b, 935b, 938).

Oración final. ¡Oh Salvador, que viniste a traernos esta ley de amar al prójimo como a sí mismo, que tan perfectamente la practicaste entre los hombres, no sólo a su manera, sino de una manera incomparable! Sé tú, Señor, nuestro agradecimiento por habernos llamado a este estado de vida de estar continuamente amando al prójimo. Amén.

Terminar con los gozos o himno a San Vicente. ... (ver texto completo)
DÍA OCTAVO

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Sobre la necesidad de soportar a los demás

Después de haber hablado varios de la compañía, el padre Vicente concluyó diciendo que había quedado muy edificado por lo que acababan de decir los que habían hablado sobre este tema. Se ha dicho muy bien que esta paciencia es en una congregación algo así como los nervios en el cuerpo humano.

En efecto, donde no se soportan los individuos de una casa o de una comunidad, ¿verdad ... (ver texto completo)
DÍA SÉPTIMO

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La virtud de la uniformidad

La uniformidad es un estado o una virtud, o las dos cosas a la vez. La uniformidad, considerada en un individuo, es una virtud que lo hace obrar en conformidad con su condición; y considerada en la comunidad, es un estado que, uniendo a todos los individuos, forma de los diversos miembros un solo cuerpo vivo con sus operaciones propias. Por consiguiente, los misioneros son unánimes si no tienen más que un solo espíritu que los anime; y son uniformes si no tienen más que un alma que tiene las mismas facultades en cada uno de ellos.

¿Qué entiende usted por facultades? Yo entiendo el entendimiento, la voluntad y la memoria, que son las facultades o potencias del alma, y que tienen que ser semejantes en cada uno de nosotros; de forma que, propiamente hablando, tener uniformidad es tener un mismo juicio y una misma voluntad en las cosas de nuestra vocación.

Pues bien: en esta relación o semejanza que tenemos mediante esta unión, hay que distinguir entre las actitudes naturales del cuerpo y las acciones morales; pues en las actitudes del cuerpo es difícil que haya unanimidad: nunca hay dos rostros iguales, ni tampoco son iguales el caminar, el hablar y los gestos de dos personas.

Pero, en cuanto a las acciones morales sí que tiene que haber unanimidad, ya que las virtudes que las producen radican en el alma y todos nosotros no somos más que una sola alma y, por consiguiente, hemos de tener un mismo juicio, una misma voluntad y unas mismas operaciones.

Es verdad que, a propósito de las ciencias es casi imposible que todos se parezcan; pero respecto al fin de nuestra vocación, que es tender a la perfección, trabajar por la instrucción de los pueblos y el progreso de los eclesiásticos, hemos de convenir en el mismo juicio, tenemos que juzgar de la misma manera y hacernos semejantes en la práctica.

Quizás los extremos nos ayuden a conocer mejor este estado del que estamos hablando. Un extremo de la unanimidad es la división y la separación; uno tira de un lado y otro de otro; cada uno hace como le parece. El otro extremo consiste en dejarse llevar por el abandono, por el humor y las acciones desordenadas del prójimo.

¿Cuáles son los motivos que tenemos para conservar y aumentar esta uniformidad? Encontramos muchos en la sagrada Escritura: «Para que con un mismo corazón y una misma boca honréis a Dios Padre» (Rm 15,6). En la carta a los Filipenses (2, 2): «Colmad mi gozo, no teniendo más que un mismo corazón y los mismos sentimientos para conservar la caridad». Tened el mismo sentir, nos dice; haced todo lo que podáis por tener los mismos afectos, por juzgar lo mismo de las cosas, por estar de acuerdo, por no disputar jamás; cuando uno exponga su parecer, que los otros lo suscriban y apoyen, juzgándolo mejor que el suyo propio.

Otro pasaje dice: unánimes colaborantes; trabajad todos unánimemente. No debemos estar unidos sólo en cuanto a los sentimientos interiores, sino, además, en las obras exteriores, ocupándonos todos en ellas según nuestras obligaciones; y como todos los cristianos tienen que colaborar en todo lo referente al cristianismo, también nosotros hemos de cooperar en todos los trabajos de la Misión conformándonos en el orden y en la manera.

Otra razón que tenemos para practicar la uniformidad es que el Hijo de Dios, al hacerse hombre, quiso llevar una vida común para conformarse a los hombres, y así atraerlos mejor a su Padre, y se hizo todo para todos, mucho mejor que san Pablo, para ganarlos a todos.

Basta esta razón para convencernos, pero os indicaré además una que nos toca muy de cerca: que la uniformidad engendra la unión en la compañía, que es el cemento que nos une, la belleza que nos hace amables y [así] podamos arrastrar a los demás.

Por el contrario, si quitáis de entre nosotros esa uniformidad que produce la semejanza, quitáis de allí el amor. Donde hay espíritus que se singularizan, allí hay almas divididas. Los que se singularizan en el vestir, o en el comer, o en las demás necesidades comunes, resultan molestos a los que siguen la comunidad. ¤ (Cf. Op. cit., nn. 904-905, 906a, 907-909a, 912a, 913-914).

Oración final. Te pedimos, Dios nuestro, que nos hagas a todos, lo mismo que a los primeros cristianos, un solo corazón y una sola alma. Concédenos la gracia de que no tengamos dos corazones ni dos almas, sino un solo corazón y una sola alma, que informen y uniformen a toda la comunidad; quítanos nuestros corazones particulares y nuestras almas particulares que se apartan de la unidad; quítanos nuestro obrar particular, cuando no esté en conformidad con el obrar común.

Terminar con los gozos o himno a San Vicente. ... (ver texto completo)