Escúchala, pálida luna de
otoño. La vela está encendida jun-to a su
ventana. Afuera ya no hay
pan de oro que coloree los
campos listos para la cosecha. Ella introduce sus manos en el relicario, y saca del mismo ese mechón de cabello que a él una vez le cortara en el transcurso de una dulce
siesta de mayo. Por el cristal de su ventana se deslizan las gotas de una nube de madrugada.
–Luna enfermiza, tómale prestada su luz a mi vela. ¿Volverá mi corazón a sonreír en tu presencia? ¿Por qué lugares recónditos
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