El templo no fue concebido únicamente con fines religiosos, sino como un
refugio fortificado para proteger a la población de las constantes incursiones de piratas berberiscos que asolaban el Mediterráneo en el siglo XVIII. Esto explica la particular austeridad y el grosor de su estructura: Muros gruesos y ciegos: Las paredes de mampostería tienen casi dos metros de espesor. Se diseñaron prácticamente sin
ventanas ni aberturas en la zona inferior para impedir el acceso a los atacantes.
Bóveda de medio cañón: El techo consiste en una robusta cubierta continua de
piedra y mortero de cal. Esta boveda sostenía la vivienda del párroco en el piso superior y estaba preparada para resistir impactos. El
Retablo Mayor: Al fondo destaca un retablo barroco de madera tallada y dorada de líneas sencillas, dedicado a
San Francisco Javier.