- ¡Juan!
De nuevo el destino golpeaba la voluntad de aquel hombre, extraviado desde su infancia en una búsqueda inútil, como tantos otros desde que al hombre le nacieron las voluntades, que no las tuvo siempre, aunque nadie sabe bien cómo ni en qué momento le germinaron, debió de ser antes de que se desplazara la lluvia, antes de que los instantes se fueran juntando para formar los dias, antes de que los sueños se amontonaran para formar la noche, incluso antes de que nacieran los duendes, que son voluntades que han perdido sus cuerpos, y dicen algunos que la voluntad fue una insuflación de Dios, que cansado andaba de tener él solo albedríos y disposiciones, y aseguran otros, auenque éstos en voz baja, que tanto pudo venir esa voluntad de los murmurios del bosque y su muchedumbre de olores, pues el mundo era un bosque de helechos y pasiones, como de las mareas del mar, que son el respirar de la luna y el ritmo del universo, y todo ello pudo entrar en el corazón del hombre conformándole el aliento y la manera de querer y de pensar, embutiéndole gusto y ventura, pero también el conocimiento de la incompasiva duda, como esa que ahora le andaba mordiendo las entrañas a Juan Damasceno, perdido en un mundo de deseos olvidados, porque bien es verdad que Juan, al igual que otros muchos, llevaba incrustada en su origen de niebla una fuerza que siempre lo empujaba hacia aquello que nunca podía alcanzar, y golpeada su voluntad se quebraba tambien su razón, pues voluntas est quae quid cum ratione desiderat, como diría el cura Lubencio, quien quizá no debiera haber sacado a Juan Damasceno de aquel cuarto sin muebles del Orfanato, donde la única verdad era el aire congelado y la belleza una figura de escarcha decorando los cristales (pero las cosas sólo pueden ocurrir de una forma y gracias a la ocurrencia del cura Lubencio podemos ahora nosotros construir nuestra historia).