Juan Damasceno Carralón Antayo tenia un nido de avispas en su maldita cabeza y la garganta agrietada y seca como un yermo caranganal en el mes de la calina (de los que abundan por tierra de moros, por donde él anduvo arrastrando dudas, las mismas que ahora, mientras separaba los cabellos de Clara, le revoloteaban en su interior como un enjambre enloquecido).